QUIERO LA CABEZA DE ALFREDO GARCÍA / Un puñado de moscas

Nunca he llegado a estar del todo de acuerdo con aquellos que defienden que hay belleza en el cine de Sam Peckinpah. Es decir, puede que la haya, y seguramente la habrá,  pero al menos no en el sentido clásico del término. Mas bien pienso que el autor de Perros de paja hizo siempre el cine que le salía de dentro, de las mismas tripas, y que esa visceralidad acabó traduciéndose en ese estilo tan característico suyo, rudo, tosco y que para algunos incluso puede resultar desagradable. En el fondo estamos hablando de un romántico que trató de plasmar ese romanticismo siempre a su manera. Con un estilo particularísimo y  primitivo, aunque en absoluto ha de entenderse este último calificativo en un sentido peyorativo; a través de su cine, Peckinpah nos habla de los instintos más básicos del ser humano, de los más nobles sí pero especialmente también de los más bajos. No hay belleza, o al menos yo no la encuentro, en esa forma de rodar deliberadamente feista y en apariencia descuidada en la que ni muchos de los encuadres ni muchos de los movimientos de cámara son precisamente lo que se dice un prodigio de elegancia. Tampoco encuentro belleza en esos planos en los que es posible palpar la mugre y la inmundicia e incluso percibir su hedor. Pero justamente estas imágenes y estas historias tan contundentes son las que convierten a Peckimpah en un director único y en el prototipo de cineasta total; por mal que le pese a alguno, su mayor activo.

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Quiero la cabeza de Alfredo García es una de esas historias extremas que tanto caracterizan el estilo peckinpahniano. Con imágenes igualmente impactantes que, nunca mejor dicho, se quedan grabadas para siempre en la cabeza de uno. Una de estas imágenes reproduce el momento en el que un puñado de moscas revolotea alrededor del fardo que envuelve la testa putrefacta del tal García (si se me permite el spoiler, pues me he cuidado muy mucho de no desvelar las circunstancias en las que aparece). Es un plano que para mí define muy bien quién es Sam Peckinpah. La imagen me repugna, me molesta, huele mal, quiero apartar mis ojos de la pantalla, pero al mismo tiempo no puedo dejar de mirar. Me produce un efecto muy parecido al de las hormigas que aparecen en Un perro andaluz de Buñuel, otro cineasta total y otro creador de imágenes absoluto. Para mí, Peckinpah es algo así como eso: un puñado de moscas.

Ya desde su original y sorprendente título Quiero la cabeza de Alfredo García apela a uno de los instintos más primitivos del hombre: la venganza. Esta particular sed de justicia se revela en la espectacular primera escena que arranca con la imaginería propia del “spaghetti western” (caminos pedregosos, rostro en primer plano de beatas enlutadas, la comunidad en torno al cacique local…)  No obstante, y sin desmerecer la presencia previa de esa llamativa pareja de mafiosos cazarecompensas que forman Gig Young y Robert Webber, tan característica del cine noir de ayer, hoy y siempre, la película necesita de la aparición en escena de Warren Oates para asentarse definitivamente en sus raíles. Hay muchas razones para defender y rescatar del olvido este film, pero la primera de ellas debe ser sin duda el espectacular trabajo de su actor principal. Y Oates no solo nos regala una interpretación memorable, sino que con su Bennie nos lega un personaje y un antihéroe para la historia.

Si por algo se caracterizan también los personajes de todo el cine de Peckinpah es por huir de alguien o de algo. En la mayoría de los casos se trata de una huida hacia delante (incluso lo era la que protagonizaban  Steve McQueen y Ali McGraw). Y en la mayoría de los casos también, todos los caminos conducen al sur de Río Grande. México es tierra de promisión para Bennie y para todos los perdedores que como él buscan allí la última oportunidad de redimirse.  La cámara de Peckinpah retrata ese viaje de contrastes, entre el folklore colorista y la miseria, sentando cátedra sobre lo que será el futuro del género. Todo aquel que a partir de entonces ha decidido darse una vuelta por el lado salvaje de estas tierras ha tenido que tomar muy buena nota de esta historia. Y ya es gracioso tener que reivindicar una figura como la de Peckinpah o una película como esta delante de alguien que babea ante films como El mariachi de Robert Rodríguez, la triste versión 2.0 de un cine y de un cineasta irrepetible.

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Rodada durante el verano de 1973 en varias localizaciones del Norte de México, Quiero la cabeza de Alfredo García es para muchos la última gran obra de su autor, quien hasta su muerte en 1984 todavía tendría tiempo de dirigir otros cuatro títulos más. Tras el fiasco sufrido un año antes con Pat Garret y Billy de Kid, cuya filmación llegó a convertirse en un auténtico calvario para sus protagonistas y fue todo un fracaso de crítica y de taquilla en su momento, Peckinpah quiso disponer del control absoluto en la producción de su nuevo trabajo. Para ello no solo se encargo de escribir el guión del film junto a su amigo Gordon T. Dawson,  sino que además estuvo muy encima de las labores de montaje. En medio del rodaje de la película, el equipo recibió la noticia del fallecimiento de John Ford. Uno de sus protagonistas, Emilio “Indio” Fernández, amigo íntimo del maestro irlandés, declararía nada más conocer el suceso  “Llegaron John Ford y Sam Peckinpah y nos enseñaron cosas sobre México que no conocíamos. Ford era mi maestro y mi compadre, Peckinpah es mi hijo, no, mi nieto”. De la misma forma, Peckinpah también ha sido un padre para quienes vinieron después y siguieron su huella, alguien que bebió de los clásicos para servir de inspiración a las nuevas generaciones. Solo por ello, su obra ya merece una revisión y un respeto.

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