QUIÉN TE CANTARÁ

VAMPIRESA

Empecemos por el final: pocas veces se ha utilizado con tanto provecho una canción tan melancólica y quejumbrosa como ‘Procuro Olvidarte’ (de Manuel Alejandro) como colofón luminoso de una cinta tan repleta de incertidumbres y ausencias como es el caso. Retratar el vacío del alma es algo tan abstracto e intangible como querer sujetar la luz del día o domesticar las olas del mar… Y sin embargo consigue lo que pareciera imposible: ilustrar el desgarro interior cuando lo único que nos queda es languidecer exangües y ya no tenemos ni fuerzas para abrazar el vacío de una existencia falaz, ya para siempre quebrada.

El juego de espejos, calcos, simulaciones y reencarnaciones que nos propone Carlos Vermut es tan complejo como diáfano. Pudiera parecer laberíntico en cuanto a su indagación sobre el extravío y búsqueda de nuestra propia personalidad, pero en realidad nos ofrece una cristalina y lacerante radiografía de lo que significa vivir sin compasión, sin amor y sin misericordia. Cuando vivimos de espaldas a los demás – o ignorando sus necesidades, anhelos y congojas – nos volvemos en unos crueles trituradores de egos y aprovechamos cualquier oportunidad para explotar a los otros en nuestro íntimo y egoísta beneficio, sin darnos cuenta que en realidad estamos cavando nuestra propia tumba sobre la que se cierne una losa inexpugnable que nos lapidará para siempre y que nos impedirá alcanzar, saborear y disfrutar las satisfacciones y alegrías que creíamos reservadas sólo para nosotros y nuestros méritos.

Nos ofrece una exploración sobre las cárceles del corazón que arrasan con todo y acaban convirtiendo en un erial el utópico mundo que nos rodea. Habitamos una existencia que ya nos es ajena, tratamos de permanecer inasequibles al desaliento cuando hace tiempo que se nos ha escapado, sin darnos cuenta, el último hálito de vida. Creemos que nos encontramos llenos de fuerza y energía cuando ya solo somos una flor marchita, sin raíces, sin vigor y sin futuro. Pálidas orquídeas de invernadero que quizás florecen orgullosas e imperturbables pero que en realidad no son sino la falacia de una exuberancia congelada, ajadas por falta de oxígeno, de tierra y de nutrientes. Nada más triste que el éxito en soledad o la gloria en la cumbre si eres incapaz de agradecer y compartir cada uno de tus dones y virtudes con quien de verdad te importa o a quien todo lo debes.

Esta impresionante cinta sobre la desdicha de la fama – o el vacío del fracaso – no sería tan perfecta y perturbadora si no contase con unas actrices sublimes. Quizás sea Eva Llorach quien robe la función, pero todas ellas (Najwa Nimri, Carme Elías y Natalia de Molina), desde registros muy diferentes, se complementan y engrandecen con astucia. ★★★★★ – ANTONIO MANERO

HA RENACIDO UNA ESTRELLA

Imaginemos por un momento que Lady Gaga se da un golpe en la cabeza y pierde por completo la noción de su personaje. De repente, no solo olvida quién es Stefani Joanne Angelina Germanotta sino también la estrella que le dio fama mundial. Mientras sus fans conocen al dedillo cada una de sus canciones, cada una de sus manías, ella debe esforzarse por comprender a la celebridad desde la nada. Puede que no le gusten los estilismos estridentes, que ya no sepa llamar la atención, que incluso reniegue del pop. Pero el mundo exterior presiona para que recobre cuanto antes la memoria si no quiere renunciar a los beneficios de su vida anterior.

Hace falta buscar un símil real para tratar de entender el interesante planteamiento que nos propone Carlos Vermut en su tercer largometraje. ¿Dónde acaba la persona y comienza la artista? ¿Hasta qué punto nos convertimos más en aquello que los demás esperan de nosotros que en lo que somos realmente? Si le sumamos a ese dilema existencial la aparición de una seguidora que camufla en su ídolo toda su miserable existencia nos hallaremos ante un punto de partida inigualable. Lástima que todo el esfuerzo por introducirnos en una historia apasionante se diluya a medida que avanza el metraje.

Siguiendo la estela del Almodóvar más tremendista, el que mezcla el drama más teatral con un entorno costumbrista, Vermut parece más preocupado por la belleza formal de cada plano que por sumergirnos de pleno en una historia que finalmente no termina de explotar. Todo avanza tan bello pero tan lento, tan onírico pero tan gélido, que lo que prometía derivar en un tour de force interpretativo entre las dos protagonistas acaba enquistándose en una mera convivencia entre dos almas desoladas en busca de su sitio. Sería satisfactorio si no fuera porque la resolución final es tan explicativa, tan manida, que uno termina preguntándose si el que está detrás de la cámara es el mismo que sorprendió a todos con Magical girl.

Es evidente que Vermut cuenta con un portentoso sello personal pero también es palpable que con Quién te cantará ha dejado en el camino una buena dosis de evocación y atrevimiento. En su afán por ampliar público, no ha dejado ni un resquicio para la imaginación, que era parte del encanto con el que nos embriagó en su anterior propuesta. Ni siquiera el recurso de convertir un tema musical en el clímax de la cinta, que con Niña de fuego funcionó perfectamente, resulta aquí igual de eficaz. El momento Procuro olvidarte, un bellísimo travelling circular, ni siquiera es la mejor escena del filme.

Y es que al final, entre tanto plano marítimo, tantas miradas al infinito y tanta distancia entre las protagonistas y el espectador, la mejor escena de la película acontece entre una madre y su hija maltratadora, entre una Eva Llorach y una Natalia de Molina que representan a la perfección las relaciones familiares tóxicas. Y es en ese instante, prácticamente solo en ese instante, cuando Vermut logra ponernos el corazón en un puño. Viniendo de un director que con una sola cinta logró emocionarnos, sorprendernos, sacudirnos y trastornarnos, el resultado sabe realmente a poco.★★★☆☆ – POL MORALES

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