PETRA

SUDARIO DE SILENCIO 

He visto casi todas las películas de Jaime Rosales y – por muy diferentes motivos y razones – siempre me han fascinado y seducido a partes iguales. Esta vez fui con cierta aprensión, ya que había recibido el calificativo de ser la más ‘comercial’ y menos ‘hermética’ de las suyas y temí que hubiera sido abducido por la necia necesidad (o imposición) de conseguir el espaldarazo o aplauso del público – pero a mí me ha parecido que sigue en la coherente estela de toda su filmografía previa: exigencia artística, rigor narrativo e insobornable búsqueda de los atributos esenciales de unos personajes engullidos por su íntimo y tenaz laberinto emocional que les lleva a habitar una prisión cristalina, traslúcida, sin muros de hormigón ni cancerberos evidentes pero repleta de amargura, desamparo, abandono y nostalgia de un edén proscrito.

Lo novedoso estriba en que se abrace con disciplina cartesiana la estructura de la tragedia griega para encauzar unas simples pero esenciales preguntas vitales: ¿De quién soy y de dónde provengo? ¿Quién soy yo en verdad? ¿Cuál es el objetivo o sentido de mi existencia? Porque el tema central sobre el que gravita toda la cinta es el de la búsqueda de respuestas a una, en apariencia, cándida pregunta: “¿Quién es mi padre?” Pero lo que queda en la penumbra y no se encara de forma explícita es: ¿Para qué necesito saberlo? ¿Qué me aporta ese obsesivo y mínimo dato circunstancial que en realidad me proporcione alguna revelación o epifanía esclarecedora sobre mí mismo? Pero, como en toda buena odisea, lo que es de vital importancia para la heroína lo es también para el espectador e impulsa el motor de la acción y desencadena las funestas hecatombes que se ciernen sobre la acrisolada cárcel que nos atrapa.

Sobrecoge la luminosa y cálida fotografía que parece querer ahuyentar o negar los densos e infaustos nubarrones que acechan a cada uno de los personajes que habitan el relato. Como si toda esa luz, urbanidad y elegancia pudieran ser un antídoto eficaz contra la mentira, el despotismo, la rabia o la crueldad. La cámara entra y sale de escena como un personaje más, siguiendo – sin apremiar ni asediar – a sus protagonistas, dejando siempre suficiente espacio y tiempo para que se expresen y manifiesten en aparente libertad. Pero lo que callan es tan importante como lo que dicen y por eso debemos permanecer atentos para comprender y ensamblar el rompecabezas que se despliega ante nuestros ojos y oídos. Nada es trivial – aunque el desencadenante del drama nos lo pudiera parecer – y por ello es importante estar alerta a los pormenores y a las refinadas elipsis que jalonan el metraje.

Todo lo que se nos hurta acaba volviendo, trágicamente.★★★★☆ – ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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