FIRST MAN

AJUSTARLE LAS CUENTAS A CHAZELLE

Tras colocar La La Land (La ciudad de las estrellas, 2016) poco menos que a la altura de los grandes musicales de la edad dorada del viejo Hollywood, parece que ha llegado la hora de ajustar cuentas con Damien Chazelle, vapuleando su biopic sobre Neil Armstrong con la saña de una banda de ultras rusos. A ello se han puesto con especial denuedo –léase inquina– buena parte de nuestras patrias plumas a sueldo y otros tantos reseñadores aficionados. Como si, resentidos por en su día haberse dejado llevar del cretino unamimismo de las redes sociales, hubieran decidido que “a mí, este niñato no vuelve a engañarme”. Porque, disipado el estruendo mediático de hace un año, se impone la realidad, siempre contumaz, de que La La Land no es, ni de lejos, la obra maestra con que se nos quiso hacer comulgar desde casi todos los púlpitos. Pero que el mosqueo consustancial a saberse un primo no nos impida ver el bosque: First Man no es una mala película en absoluto. Puede que, aun a riesgo de jugarme el tipo, o la credibilidad, sea incluso mejor que la masajeada La La Land.

Su planteamiento, igual que el vuelo en solitario que describe, es sencilla y angustiosamente estratosférico. Algunos no perdonan el descenso en las revoluciones de la historia acaecido inmediatamente a continuación, yo en cambio creo que ello obedece a mera lógica narrativa, y también sanitaria. De lo contrario, hubiera saludado el estreno una pandemia de accidentes coronarios, y mucho me temo que no todas las salas donde se exhibe hayan hecho caso a La Sexta y estén cardioprotegidas. Hay quien directamente encuentra First Man tediosa. Lo cierto es que no faltan los picos de tensión –la misión Gemini, el malogrado despegue del Apolo I, antecedente de la tragedia del Challenger veinte años después, o el propio, celebérrimo alunizaje de 1969–, de modo que a quien se aburra viéndola no cabe sino recomendarle 2001: A Space Odyssey (2001: Una odisea del espacio, 1968) y Solyaris (Solaris, 1972), programa doble que producirá en ellos el saludable efecto de elevar su umbral del aburrimiento. La sugerencia es extensible a aquellos que protestan por la proliferación de primeros planos y las estrecheces de los módulos espaciales, pues disfrutarán mucho más de los diáfanos pasillos que recorren las quiméricas naves en que viajaban los protagonistas de aquéllas. O no, probablemente sean ambas Independence Day (ídem, 1996 y 2016) lo que de verdad haga salivar su paladar cinematográfico, en cuyo caso, en fin, no hay más que hablar. En efecto, la claustrofobia que las escenas de cabina inducen en un espectador no demasiado idiotizado constituye uno de los logros de First Man, recreando con cruda fidelidad las precarias condiciones en que se desarrollara la carrera espacial. La verdad, cuesta creer que nadie con dos dedos de frente –y los astronautas probablemente formen parte de la élite intelectual de cualquier que sea el país– se prestase a ser enlatado en aquellos ataudes a reacción. Definitivamente, la llegada del hombre a la luna fue un milagro –religioso o científico, al gusto del lector–. Eso sí, precedido de una ristra de muertes a guisa de crueles ensayo y error silenciados por el triunfalismo subsiguiente. En First Man nos son reveladas sin complejos, lo mismo que la ola de protestas que, junto a la impopular guerra de Vietnam, el sueño –en su día delirio– de Kennedy de pisar la luna en menos de una década fue levantando conforme ésta avanzaba y los percances y las víctimas se sucedían. Por eso me asombran las acusaciones de patrioterismo leídas a varios maledicentes –insisto, tanto profesionales como amateurs–, quienes pareciera que, de las dos horas y cuarto que dura la película, hubieran asistido sólo al brevísimo pasaje en que el hijo mayor de Armstrong iza la bandera para, inmediatamente a continuación, correr a poner de vuelta y media al pérfido e imperialista tío Sam.

Un último reproche que ha llamado mi atención es el del excesivo “respeto” que Chazelle dedica a su retratado. En estos días en que la desmitificación es norma, no faltará quien esperase un Neil Armstrong alcohólico, o drogadicto –mejor ambos–, que golpeara a su mujer –excelente, por cierto, la interpretación de Claire Foy– o prostituyese a sus retoños.

Entiendo entonces la decepción ante la callada normalidad del héroe, la discreción con que sobrelleva sus demonios interiores –otra conducta reprobable, por sospechosa, quizá hasta incomprensible, en un contexto como el actual, de fetichismo de la transparencia, cuando no de perenne exhibicionismo–. Nadie más apropiado para encarnarlo, vaya, que Ryan Gosling, quien ha fundado su éxito en una austeridad gestual rayana en el hieratismo. Los hay que también de esto se han sorprendido.★★★☆☆ – CARLOS ORTEGA

Sobre nosotros Carlos Ortega

A mí me criaron entre películas. De hecho, la colección de mi padre debe de sobrepasar, de largo, los dos mil títulos. Por cierto que malas, muy pocas. Años más tarde, sabedora de estas sospechosas inclinaciones mías, una novia me regaló una preciosa libreta moleskine, tamaño cuartilla, de crítico cinematográfico que no tardé en ponerme a garabatear. Como tampoco tengo empacho en compartir mis opiniones, una cosa ha llevado a la otra. En cuanto a mis preferencias, me remitiré a Orson Welles cuando, preguntado por las suyas, hizo la siguiente enumeración: John Ford, John Ford y John Ford.

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