COLD WAR

VEN CONMIGO

Contiene esta breve y sobria cinta polaca un caudal de virtudes y aciertos difíciles de resumir en una reseña. Empezaré por lo más obvio: su tersa, inmaculada y portentosa fotografía en blanco y negro que recupera para el espectador sibarita la textura del mejor cine clásico y nos envuelve y subyuga con el aroma de lo añejo – aunque intemporal –, sacando el máximo partido a los rostros y enmarcando el relato en el crisol inmaculado de lo imperecedero. Esta humilde elección – que va a contracorriente del cine comercial – le viene como anillo al dedo e incrementa la verdad y hondura de la historia, elevándola al olimpo de lo inolvidable. La mirada que nos propone su director y coguionista Pawel Pawlikowski, está teñida de nostalgia y de evocación: por lo tanto, este detalle en apariencia nimio o autoindulgente se vuelve en la columna vertebral que articula toda la trama.

En algunas ocasiones, lo que nos engancha de una narración es querer conocer su desenlace, en otras ocasiones lo que nos intriga es poder asistir al desarrollo de un acontecimiento inaudito, pero en muy pocas ocasiones ternemos la poliédrica satisfacción de presenciar los pormenores de una historia trivial que, sin embargo, tanto en su progreso como en su final iluminan los recovecos insondables del alma y nos desvelan los momentos álgidos de una existencia fracasada. Porque en este caso se nos ofrece una serie de cuadros que abarcan quince años y que componen un retablo inmisericorde sobre el lento crepúsculo de un amor que ansía vivirse en plenitud pero que en realidad no alcanza a prender la mecha del apogeo y debe resignarse a consumirse como el pálido rescoldo del ocaso.

Por lo tanto, el final de la película nos hace comprender la dimensión trágica de todo lo visto hasta entonces. Los pormenores a los que asistimos – y que parecen preludiar la enésima y reiterativa historia de amor de una pareja vulgar y gris – se elevan a la categoría de amargo melodrama que rompe cualquier molde manido y subvierte nuestra ansiada esperanza de felicidad. Como en la vida misma: queremos lo que no tenemos, despreciamos lo que está al alcance de nuestra mano y malversamos las intangibles cartas de la fortuna que nos ha repartido el destino. Somos juguetes obnubilados en manos de los infaustos dioses que juegan con nosotros porque están hastiados de nuestros torpes desvaríos.

Con maestría y destreza, Pawlikowski urde un laberíntico mosaico del deseo y del fracaso confeccionado con retales de la memoria y despojos de la historia desdichada de su nación, mil veces asediada y descuartizada y mil veces recompuesta y renacida. La espiral de la eterna desgracia esencial – donde perecer equivaldría a resucitar – impregna cada fotograma del metraje. Y nada más intenso, conmovedor y perdurable que sostener en un austero fuera de campo, despojado de cualquier adorno o alarde superfluo, todo desenlace de cualquier vida. ★★★★★ – ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Trece + cinco =

La moderación de comentarios está activada. Su comentario podría tardar cierto tiempo en aparecer.