EL CAPITÁN

EL HORROR

El inagotable – aunque a ratos se nos antoje extenuado o repetitivo – filón de la II Guerra Mundial nos depara, de vez en cuando, alguna sorpresa perturbadora como la presente obra teutona… Pareciera que ya todo está explorado, inventariado y dicho, pero siempre nos queda el estupor fortuito de encontrar un enfoque novedoso e inquietante que nos permite bucear en los recovecos más oscuros y lacerantes del alma, así como en la locura individual y colectiva que favoreció aquella contagiosa masacre de los fundamentos básicos de la convivencia, de la educación, de la cultura y de la bondad humanas. Todos podemos llegar a perder la cordura, pero el contexto bélico y las circunstancias brutales favorecen la explosión de bellaquerías y vilezas que se nos presenta aquí con destreza y amargura.

Los últimos días o semanas de la contienda debieron de ser un carrusel infame de disparates o un aquelarre abyecto de matanzas que a buen seguro favorecieron los ajustes de cuenta, las revanchas y los linchamientos más atroces entre los aterrorizados alemanes que estaban perdiendo una guerra truculenta y sin piedad que habían iniciado con altivez bajo el patrocinio de un canalla carismático, inculto, rencoroso y vengativo como lo fue el infausto necio de Adolf Hitler. Cuando la vida pierde todo su valor, cuando se rompen los diques de la sensatez y la justicia, cuando la única posesión que nos queda es nuestra propia vida y nuestra palabra, nos refugiamos en la impostura y tratamos de obtener un beneficio, aunque sea fugaz y sin futuro. Nos volvemos en la peor versión de nosotros mismos – tal y como habíamos sido testigos que triunfaban antaño los jefes supremos de nuestros abortados designios.

Quizás sea cierto que se basa en hechos reales, aunque en todo momento uno tiene la necesidad de creer que está asistiendo a una ficción desenfrenada, casi inverosímil de puro extrema, porque se nos antoja inconcebible que todo eso pudiera haber pasado en realidad, aunque fuera en un momento en que todos habían entrado en una atroz psicosis colectiva del terror al tener que enfrentarse a la inminente y total derrota final. Pero que sea cierto lo que vemos – o que la anécdota que da pie a la trama se base en una peripecia verídica – no cambia en nada la apreciación sobre lo que estamos viendo: el repugnante y sanguinario contagio de la demencia cuando se ha perdido cualquier contacto con nuestra compasión y sensibilidad.

Las imágenes mudas sobre las que se proyectan los títulos de crédito de cierre pueden parecernos una excentricidad o un sinsentido, pero nos muestran que aquello puede repetirse ahora y que conviene estar alerta para impedir que de nuevo se instale entre nosotros la barbarie.★★★★☆ – ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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