LUCKY

PREDICANDO EN EL DESIERTO

Podría titularse, si no se interpretara como un demérito, ‘El paso de la tortuga’ pero también y quizás con mayor elegancia – rememorando la famosa canción versionada por Simon and Garfunkel – ‘El cóndor pasa’. Porque si algo sucede en esta austera e independiente cinta norteamericana es el inexorable paso del tiempo, sin que en apariencia nada relevante ocurra, pero con el convencimiento de que todo lo que se ve es fruto de la atenta mirada del director primerizo – y veterano actor secundario – John Carroll Lynch. Quizás se trate de una de esas raras ocasiones donde es difícil recoger por escrito un fiel compendio de lo que la película propone y ofrece, ya que su gusto por el minimalismo formal y estético hace muy difícil verter en palabras lo que tan sólo son sensaciones muy personales. Además se trata de una historia que bien pudiera espantar del cine a muchos espectadores inadvertidos, mientras que sólo unos pocos sabrán paladear el placer de su estática inacción aparente.

Elegir a un personaje protagonista de 90 años ya es una excentricidad y un atrevimiento en un mundo engullido por la glorificación nauseabunda de la juventud, de la inmediatez y de la urgencia. Retratarlo con cariño pero sin adornarlo con ninguna característica entrañable o encantadora que lo convierta en un peluche atrayente o prodigioso es todo un reto al alcance de muy pocos. Y ésta es, con seguridad, la mayor virtud de esta curiosa obra desolada: retratar la rigidez, llaneza y monotonía de la vida vulgar y modesta de un anciano lobo solitario sin caer en ñoñerías ni afectación alguna, centrándose en lo esencial, a saber, la dignidad de un ser humano cabal e íntegro que ha forjado una existencia al margen de las convenciones y de las modas con el único objetivo de completar sus días con sencillez e integridad y, sobre todo, sin lamentar tampoco nada de su extenso y humilde recorrido vital.

La cinta – a poco que nos atrevamos a desentrañar la dádiva que se nos brinda – tiene un encanto hondo, secreto y sutil que la hacen brillar más allá del árido horizonte que retrata, tan alejado del bullicio codicioso como de la adoración a ídolos de barro. Para muestra un botón: la turbadora e impresionante interpretación que lleva a cabo Harry Dean Stanton del clásico de Vicente Fernández ‘Volver, Volver’ que nos recuerda que no se requiere de un vozarrón o de ocultarse tras ninguna floritura jacarandosa para conmovernos en lo más íntimo del alma.

Y es de justicia señalar que además contiene una indeleble actuación – cerrando con un broche de oro su extensa filmografía – de un excelso Harry Dean Stanton. Atreverse con esta alhaja es como recobrar la inocencia. ★★★★☆ – ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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