UN LUGAR TRANQUILO

UN SILENCIO PERTURBADOR

El principal logro de esta cinta es crear y sostener un clima asfixiante a través de un elemento turbador: la obligación de permanecer en silencio si se quiere sobrevivir a una amenaza depredadora y voraz. No se nos explica cómo ocurrió, ni cómo llegó a adueñarse de la tierra, sólo sabemos que el más mínimo ruido despierta al monstruo y lo convierte en una máquina de aniquilar humanos. Es decir, estamos ante una cinta de terror en estado puro donde lo de menos es la verosimilitud psicológica de la propuesta y se conforma con ofrecer un brillante ejercicio de estilo donde la forma lo es todo, dejando el contenido para mejor ocasión. Por ello hay que enjuiciarla en función de lo que pretende y alcanza, no en función de lo que a uno le gustaría encontrar al entrar a verla.

Y como engranaje de enmudecimiento e intimidación funciona muy bien. Un paisaje desolado de humanos diezmados y aterrorizados por lo inexplicable e inexpugnable permite pasar una hora y media de buen entretenimiento sin pretensiones metafísicas ni culturales. Porque no es una parábola sesuda, ni un estudio de las amenazas a las que se ve sometida una familia americana rural; tan sólo se contenta con entretener con ingenio y hábil manejo de una atmósfera inquietante, siendo otra de sus innegables virtudes su concisión e inmediatez, al no alargar en demasía una situación única y de mínimo desarrollo dramático, yendo directamente al meollo del cogollo, absteniéndose de estériles veleidades trascendentales. Quizás sucumba al imperante empeño de sacralizar al amantísimo núcleo familiar como fuente de todas las virtudes ancestrales, pero hasta ese implícito se le puede perdonar.

Entre sus muchas virtudes está no sólo la atmósfera malsana que pergeña, sino sobre todo la empatía que nos vincula hacia los aterrados cautivos del torturador sigilo que se despliega ante nosotros, nos importa lo que les pasa, nos preocupa que puedan ser descubiertos y masacrados, nos angustia el más mínimo sonido delatador, nos aflige su amenazada existencia sujeta a la represalia de la exterminación. Y durante su afligido calvario presenciamos algunas secuencias memorables que perdurarán en la memoria cinéfila más exigente: el arranque de la cinta que nos traslada a un mundo asolado y perturbador y con unas maestras pinceladas impresionistas nos bosqueja el ambiente apocalíptico al que nos enfrentamos y, sobre todo, la escena del parto, que se ramifica en una algarabía de terror que casi nos obliga a cerrar los ojos ante semejante ultimátum del horror.

Escalofriante, telúrica e inmisericorde. No hay más cera que la que arde pero lo hace con irresistible embrujo.★★★☆☆ – ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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