ISLA DE PERROS

ME DUELE EL MORRO DE SER TAN AGUDO

Nada que objetar con poder disfrutar de una película tan primorosa como insustancial. Nada que reprocharle a Wes Anderson por ofrecernos un producto tan bien acabado y tan, en apariencia, original que pareciera que rompiese moldes y abriera caminos intransitados en la filmografía  universal del orbe interplanetario. Aunque poco puedo decir que vaya más allá de la decepción y la fatiga de una obra tan sutil y acomodaticia que me llena, al tiempo, de admiración intelectual e indiferencia artística, como si fuera un ejercicio de estilo realizado con incuestionable talento pero carente de ninguna emoción genuina que vaya más allá del floripondio decorativo o del impacto inmediato y superficial, fruto de una sensibilidad impostada pero ayuna de verdadero calado o trascendencia.

Aun cuando la haya seguido con innegable deleite y la haya podido estimar como propuesta a contrapelo del batiburrillo mediocre que anega nuestra cartelera; sin duda repleta de ideas, trampantojos y cavilaciones aunque ajena a una sensibilidad sincera, más atenta al impacto inmediato y la admiración urgente e incondicional en vez de perseguir algún objetivo de mayor humildad y sustancia que encumbrarse en un mausoleo a la extravagancia y los fuegos fatuos de artificio. Ambiguo revoltijo de ingenio y residuos que combinan mal con una forma honesta y sincera de entender el cine como vehículo de expresión y búsqueda, sin reducirlo todo a un mero cachivache alucinado, renunciando a indagar sobre la complejidad o turbiedad del mundo, contentándose con ejercitarse como avispado artesano de un formalismo privado de coraje y brío.

Tras salir del cine me invaden el desánimo y el empacho. Por una parte me siento halagado porque su propuesta rebosa de referencias cinéfilas y culturales que me son muy queridas y cercanas a mi sensibilidad y circunstancia, pero el cine no debiera contentarse con facilitarnos un compendio de citas y claves que haya que admirar y paladear porque nos muestran que quien las ha realizado no es un zafio figurín inculto y lenguaraz que se recrea en su propia erudición y sabiduría, pavoneándose con la vastedad de sus conocimientos y el esnobismo de su saber. Para eso ya me basto yo mismo y mi afectada adicción por lo singular y lo excéntrico. Verme retratado en mi cursilería y sincretismo puede ser un baño de humildad y humillación, pero no si se espera que además aplauda a quien parece no darse cuenta de su propio envanecimiento y autocomplacencia. Digamos que yo reconozco mi mal, pero no dejo por ello de reírme de mi mismo y de mi petulancia.

Y aquí sobra solemnidad y falta juicio, tratando de disimular su impostura tras una tenue máscara humorística que se resquebraja por doquier.★★☆☆☆ – ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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