LADY BIRD

EDUCACIÓN PÚBLICA Y DE CALIDAD

Simpática comedia “indie” en absoluto inofensiva, pese al aparente desenfado característico del subgénero. Porque, junto a la consabida amargura que acompaña cualquier recreación —moderadamente seria, se entiende— del mundo adolescente, con sus angustiosas soledades, hallazgos traumáticos y desencuentros a priori imperdonables, encontramos en Lady Bird una visión muy poco complaciente del sistema educativo americano y los procelosos trámites de acceso a la universidad. Resulta especialmente llamativo en comparación con el “Estado del Bienestar” del que todavía, aunque a duras penas, disfrutamos en Europa —un ejemplo serían las cada vez más menguadas becas “Erasmus”— y en España, donde cualquier ciudad de provincias goza de un campus público en condiciones. Veremos cuánto tardan en despojarnos también de éstos; a tenor de lo visto y oído en el último lustro, es cuestión de pocos años.

En el plano puramente cinematográfico, el debut tras las cámaras de la guionista Greta Gerwig hace gala de la sencillez formal que exigen historias así. Lady Bird no se complica y sigue la segura senda abierta por películas como Juno (ídem, 2007). Orbitando en torno al carisma del personaje que encarna una brillante Saoirse Ronan y teñida de un leve feminismo burlón —los varones, incluso los muy adultos, adolecen de una cómica falta de madurez y/o inteligencia—, presenta unos cuantos pasajes verdaderamente divertidos, hilarantes algunos, y ello sin que sea la carcajada su objetivo final. Asimismo merecedora de loa es la galería de secundarios, en especial un insólito Lucas Hedges y Beanie Feldstein, hermana del igualmente inclasificable Jonah Hill.

En fin, Lady Bird constituye un entretenimiento saludable que, como antes señalé, invita además a un par de reflexiones. No se llevará ninguna de las cinco estatuillas a las que está nominada, pero su mera inclusión en las quinielas de los óscar ya supone un logro digno de figurar entre motivos tales para la reflexión.★★★☆☆ – CARLOS ORTEGA

Sobre nosotros Carlos Ortega

A mí me criaron entre películas. De hecho, la colección de mi padre debe de sobrepasar, de largo, los dos mil títulos. Por cierto que malas, muy pocas. Años más tarde, sabedora de estas sospechosas inclinaciones mías, una novia me regaló una preciosa libreta moleskine, tamaño cuartilla, de crítico cinematográfico que no tardé en ponerme a garabatear. Como tampoco tengo empacho en compartir mis opiniones, una cosa ha llevado a la otra. En cuanto a mis preferencias, me remitiré a Orson Welles cuando, preguntado por las suyas, hizo la siguiente enumeración: John Ford, John Ford y John Ford.

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