LA FORMA DEL AGUA

LA DEFORMIDAD DEL ENGRUDO

¡Pasen y vean! ¡Tenemos lo último en peces folladores, mujeres compasivas, científicos soviéticos y americanos lerdos! ¡Nunca habrán visto nada igual en pócimas y bebistrajos, en amores y sinsabores, en alucinaciones y fantasías! ¡Por el precio de su entrada serán transportados a un mundo imaginario, aguachinado, mañoso, turbio e inverosímil repleto de criaturas monstruosas y hechiceras, rebosante de semblanzas sin parangón que le dejarán la boca abierta y los ojos anegados de dulce viscosidad y perplejo relumbrón! ¡No se pueden perder la última esforzada elucubración de Guillermo del Toro, un genio en triquiñuelas y patrañas, un portento de la manipulación y el engaño!

Decir que la película me ha decepcionado yerra el tiro. Resulta más sugestiva la expectación que crea que el resultado que obtiene, que de tan previsible, de tan manoseado, de tan superficial y lacio acaba por resultar tan empalagoso y pesado como las deslavazadas tartas que se comen en algún momento del aguado metraje. Las ideas que alberga suenan bien, pero el guión las traba con tan poca pericia ni gracia que acaban por dejarte más frío que un pez fuera de su alberca. Pretende zambullirte en un pozo colmado de oro y te encuentras apresado en un lodazal lleno de fango, detritus y tópicos que hieden a episodio piloto televisivo o a cine de serie B, saturado de buenos propósitos y nulos logros artísticos.

Las trece nominaciones para los Oscar sólo muestran lo que la Academia quiere premiar: un producto correcto, con hechuras de gran cine pero vacío de sustancia, ayuno de veracidad y saturado de corrección política que resulta más falso que Judas y más tramposo que un jugador profesional que sólo busca engordar su morral de billetes relucientes y de curso legal sin importarle ni lo más mínimo cómo ha conseguido sus desorbitadas ganancias. Es el premio a la falsedad impostada, a la exquisitez de supermercado, al producto industrial habilidoso que simula ser bisutería emperifollada, pura baratija anquilosada que no brilla ni poniéndola bajo el sol del mediodía. Los tres actores nominados – por lo general, excepcionales – apenas tienen un personaje que desarrollar y no consiguen sino simular corrección con su gama de tics y gestos automáticos.

Decir que lo mejor de la cinta es la música de Alexandre Desplat es una verdad que no deja en buen lugar a los potenciales victoriosos compañeros de la velada. Los demás no merecen ni mencionarse de refilón. Es un insulto a la inteligencia y a la sensibilidad. Quizás si hubieran cuidado y pulido más el guión torpe, afectado, chirriante e insustancial podrían haber horadado una hondura que queda demasiado lejos, más allá de los desvaídos lugares comunes que fatiga con soporífera indolencia. Interesante – y poco más. ★★★☆☆ – ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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