EL HILO INVISIBLE

LA SOGA EVIDENTE

¿Quién ha establecido – como verdad irrefutable – que Paul Thomas Anderson es un genio? Supongo que todos aquellos que no pagan ni un euro por sus entradas de cine y sazonan su ensimismada existencia entre jacarandosos pases de prensa, festivales de pacotilla y galas del laurel mustio (por ejemplo, feroces Goyas y semejantes). ¿Quién ha querido ver en el último mojón perfumado de PTA un excelso homenaje al cine de Hitchcock? Conjeturo que nadie que haya visto y analizado con atención la filmografía del maestro y se ha conformado con leer los resúmenes de prensa que atiborran las gacetillas kiosqueras de saldo. ¿Quién se atreve a erigirse en hipócrita guardián de las esencias culturales, campanudas y metafísicas de los suplementos semanales y sus rumiados opúsculos que nadie lee pero que todos repiten y vocean como si fueran la Biblia? Sospecho que serán aquellos oráculos de la moda y lechuguinos de salón que jamás han leído un libro o aventurado más de una frase (publicitaria claro) en su exánime vida.

Sorprendido, perplejo me he quedado durante el visionado de esta cinta, no porque sea un figurín único del séptimo arte, un incomparable desecho de puntadas y virtudes, sino porque pocas veces me he aburrido tantísimo como con este adefesio palmario, con esta birria zurcida con retales y engalanada con desperdicios que pretende pasar por un lienzo insuperable de exquisitez, hondura y elegancia. El rey está desnudo y quien no lo quiera o pueda ver, que guarde un abochornado y prudente silencio: de tontos locuaces están las ciudades llenas, no hace falta seguir el mismo patrón y ayudar con cateta charlatanería a repetir las sandeces que nos tratan de imponer como cima superlativa de la alta costura (o de la sutileza o del talento o del carisma) sin otra base que su vanidoso engreimiento, su pasión desenfrenada por mirarse el ombligo y hallar ahí el centro del universo.

Decir que la película tiene un guión es divulgar una mentira. Obstinarse en pregonar que además es profundo, original, intenso e inteligente sería un escandaloso fraude. Negar que la música sea insufrible, que los actores deambulen sin rumbo ni vigor, que todo resulte más falso que un camafeo de plástico pudiera llegar a perdonarse. Pero proclamar que nos encontramos ante una obra maestra es tan ridículo como extemporáneo – al igual que extasiarse con los primeros balbuceos de nuestro adorable retoño, como si hubiera inventado el primer lenguaje silábico del mundo. Tal exageración, semejante acumulación de ditirambos y loas, no hacen sino sofocarnos de vergüenza ajena por la falta de criterio de unos personajillos que perpetran endebles alabanzas caprichosas con el único fin de parecer expertos en su materia y que son listísimos y están a la ultimísima. Deplorable, aburrida y sin interés. ★☆☆☆☆ – ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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