THE VOID

DESFASE LOQUÉRRIMO

The Void es una divertidísima película de terror de serie B, sin pretensiones ni tonterías y que rinde homenaje a las maravillas cuasi artesanales con que el maestro John Carpenter reinventara el subgénero en los fecundos 80. En concreto vendría a ser el insalubre producto de refundir Assault on Precinct 13 (Asalto a la comisaría del distrito 13, 1976) —libre remake, a su vez, de Río Bravo (ídem, 1959), casi nada— y The Thing (La cosa. El enigma de otro mundo, 1982). No contentos con tales premisas, Jeremy Gillespie y Steve Konstanski, responsables de esta bendita locura, deciden sazonarla, y de manera generosa, con una serie de motivos lovecraftianos que llevan el despiporre hasta más allá de las fronteras del paroxismo. Porque el resultado es una orgía de mocos, tentáculos, evisceraciones, aberraciones anatómicas y cabezas estallando como piñatas. Todo ello bajo la omnicomprensiva coartada del horror cósmico y narrado con indesmayable sentido del ritmo. El recurso a las prótesis y a los efectos especiales analógicos dotan a The Void de un encanto añadido, haciéndola parecer de otra época. De hecho, y como muchas cintas del último cine de terror, la propia historia se ambienta en esa especie de “locus amoenus” en que el boyante negocio de la nostalgia ha convertido los años anteriores a la totalitaria revolución de las telecomunicaciones. ¿Qué importa si el guión presenta unas lagunas más grandes que el mar Caspio? ¿O que haya unos fallos de raccord que ni un corto con colegas filmado en una noche sin mejores cosas que hacer —¿acaso las hay?— y bajo los efectos de una variada gama de sustancias nefandas? Minucias. Un puñado de palomitas, un sonoro sorbo al refresco de litro y a esperar el siguiente regüeldo bizarro. Nada que temer, apenas si tarda unos segundos en producirse. Y así durante 85 gozosos minutos. Qué alegría, qué jolgorio.★★★☆☆ – CARLOS ORTEGA

Sobre nosotros Carlos Ortega

A mí me criaron entre películas. De hecho, la colección de mi padre debe de sobrepasar, de largo, los dos mil títulos. Por cierto que malas, muy pocas. Años más tarde, sabedora de estas sospechosas inclinaciones mías, una novia me regaló una preciosa libreta moleskine, tamaño cuartilla, de crítico cinematográfico que no tardé en ponerme a garabatear. Como tampoco tengo empacho en compartir mis opiniones, una cosa ha llevado a la otra. En cuanto a mis preferencias, me remitiré a Orson Welles cuando, preguntado por las suyas, hizo la siguiente enumeración: John Ford, John Ford y John Ford.

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