EL GRAN SHOWMAN

LA GRAN SEDUCCIÓN

Estamos ante un puro espectáculo de entretenimiento. Finge ser una biografía suavizada y pulida del empresario, político y filántropo norteamericano Phineas Taylor Barnum (1810 – 1891), pero en realidad es un musical trepidante, vertiginoso y edulcorado que sólo aspira a ofrecernos una hermosa función llena de colorido, exuberancia y pasión, sin ahondar ni en complicaciones biográficas ni en los claroscuros psicológicos de su personaje principal, limitándose a encadenar números musicales y coreográficos que recuerdan al barroquismo de Moulin Rouge (2001), por su portentoso despliegue de medios, por sus pletóricos movimientos de cámara, por su febril uso de coreografías imposibles (que hacen pensar en el Circo del Sol), por su rebosante vestuario y su catálogo de personas marginales en busca de su lugar y amparo en un mundo que las ha estigmatizado por ser demasiado raras como para resultar aceptables. En definitiva, nada realmente novedoso ni estimulante… salvo que consigue atraparnos de principio a fin a poco que entremos en la propuesta vitalista que se nos ofrece.

Se le puede reprochar su superficialidad, su nulo riesgo argumental, ético o estético, su incapacidad por desvelar los pliegues recónditos del entendimiento, su miedo al fracaso o a la novedad, pero como mero mecanismo diseñado a entretenernos durante casi dos horas no se le puede censurar que acierte en lo esencial: seducirnos con un arrebato energético que te transporta a un mundo irreal y fabuloso que carece de cualquier contacto con la realidad, una obra que quiere gustar a cualquier precio – incluso el de la deshonestidad – sin importarle que todo resulte tan increíble como habilidoso, tan meloso como bullanguero, tan exagerado como falaz. Se le perdona su incapacidad por transitar el lado oscuro, por ocultar detalles y obviar lo esencial… Pero si lo que pretende es encandilar, ¿a quién le importa la verdad de los hechos?

El alma de la función es un exultante Hugh Jackman, que pocas veces ha brillado a más altura que en esta pieza de cámara llena de fuegos de artificios y trucos de feria, secundado con éxito luminoso por unas bellísimas Michelle Williams, Rebecca Ferguson y Zendaya, todo brillo y embrujo. Quizás quede algo desdibujada y plana la actuación de Zac Efron, pero su personaje carece de sustancia e interés. Habría que mencionar también a Keala Settle interpretando a la mujer barbuda, con una presencia y una voz que encandilan.

En definitiva, repleta de triquiñuelas, artimañas y argucias, pero gracias a una música vehemente, un montaje modélico, un ritmo tan impostado como abrasador, una dirección más atenta al espectáculo que a la naturalidad o veracidad, consigue poner en pie una innegable maquinaria que nos hace vibrar sin descanso. Seamos benevolentes y disfrutemos sin mala conciencia. ★★★★☆ – ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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