120 PULSACIONES POR MINUTO

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

Cuando eres obscenamente joven, cuando en la lotería de la vida te ha tocado en suerte jugar con cartas marcadas (homofobia, rechazo, incomprensión, odio, indiferencia o un virus letal que a todos inquietaba pero a nadie le quitaba el sueño), cuando sabes que te quedan pocas semanas o meses de existencia pese a que la naturaleza no te ha desvelado aún ninguno de sus tesoros o frutos más preciados, tienes la sensación de que el vigor se te escapa sin razón ni motivo como en un reloj de arena que está a punto de completar su afanoso recorrido imparable. Y te sientes impotente, rabioso, desquiciado, iracundo y lleno de cólera hacia todos aquellos que juegan a ser grandes estadistas o científicos pero desconocen la urgencia aniquiladora de lo inexorable.

Con estos funestos mimbres ha urdido Robin Campillo una frenética cinta llena de pasión, de ardor, de despecho y de homenaje a los años más mortíferos de la plaga del sida, cuando ser diagnosticado con la temida enfermedad era verse anegado por una inmerecida sentencia de muerte y te convertía de golpe en una bomba de relojería a punto de explosionar y perderse en el anonimato abrasador de la marea del tiempo. Abordar la fugacidad de la vida cuando eres un pimpollo que apenas ha empezado a disfrutar de las mieles de la juventud resulta tan duro como aterrador cuando tienes los días contados y las noches son un calvario que quisieras borrar de tu presente. Pero hace falta dar voz y honrar a los miles de anónimos despechados que hicieron tantísimo por dar visibilidad a lo invisible, por cambiar las agendas de los políticos y de las multinacionales farmacéuticas, por reunir fondos donde no había más que eriales de mutismo, por cuestionar que el matadero servil era la próxima parada y enarbolar la bandera de la lucha por la inclusión, la tolerancia, la solidaridad, la camaradería y  la compasión.

La memoria es frágil y tornadiza. Aún recuerdo haber leído en el periódico (allá por los primeros años ochenta del siglo pasado) las primeras noticias sobre las inexplicables muertes por el ‘cáncer rosa o gay’ en San Francisco o Nueva York, el loco terror de unos padres que temían que sus hijos pudieran ser contagiados por la inefable plaga bíblica por los salivazos o arañazos de otros niños portadores durante los recreos, las exigencias atemorizadas por crear campos de reclusión – y exterminio – para los infectados, para preservar la pureza de la sangre inmaculada e inocente, los reproches morales por unos ‘estilos de vida’ que te condenaban al ostracismo y la aniquilación. Todos somos responsables de crear un mundo más habitable y acogedor, más amoroso y tierno, desterrando los prejuicios y sembrado de esperanza el futuro de nuestros semejantes.

Sin lugar a dudas le sobra metraje y, sin embargo, no se hace en ningún momento ni pesado ni redundante. ¡Ave César! Los que van a morir te saludan… ★★★★☆ – ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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