STRANGER THINGS 2

La segunda temporada de Stranger Things ha venido a confirmar el decaimiento al que apuntaban los últimos episodios de la entrega fundacional. Porque, ya entonces, el deslumbramiento primero se veía emborronado por una deriva argumental que amenazaba con varar la serie en los bajíos del convencionalismo. Por desgracia, su continuación no sólo no consigue remontar el vuelo, sino que, de hecho, se enfanga en el tópico alla maniera di un Stephen King reducido a simplificador chiste de sí mismo.

Esta Stranger Things 2 funciona a pleno rendimiento sólo en sus flashes —ni siquiera fases, o tramos— más netamente nostálgicos, desde el propio título, reminiscente a conciencia, hasta los guiños palmarios —Ghostbusters (Los cazafantasmas, 1984) o relativamente velados, como la hermosa secuencia de la caminata a lo largo de las vías del tren —Stand by Me (Cuenta conmigo, 1986)— o la presencia en su reparto del ex-goonies —Samwise Gamgee también, pero ése es otro cantar— Sean Astin.

No obstante, me parece que engrasar el lagrimal treintañero a base de walkie-talkies, bicicross y recreativos es un recurso que empieza a estar un poco visto. La burbuja del revival no durará para siempre. La verdad, ojalá se pinche —o estalle cual bomba de racimo llevándose por delante a unos cuantos (cientos de) parásitos pseudoculturales— antes de que, como empiezo a sospechar, los espantosos noventa se conviertan en la nueva década prodigiosa.

En aras del grato sabor de boca que muchos todavía guardamos sería deseable que el expolio de sus virtudes no se prolongase en una Stranger Things 3, o como el avispado departamento de marketing tuviera la ocurrencia de llamarla. Ni siquiera para explicarnos la función, más allá de la de mero relleno, de personajes tan absurdos como Mad Max y su hermanastro expulsado de la banda de hair metal de mi barrio. Quisiera poder quedarnos, en cambio, con la encantadora, aun trillada, escena del baile que cierra esta temporada.

Además, me cuesta admitir que quiera nadie ver a los entrañables niños protagonistas convertidos en horrísonos adolescentes recubiertos de acné, más feos que el hijo prematuro del Demogorgon y el Azotamentes. Va a suceder antes o después, y da la sensación de que no a mucho tardar. Son las cosas de la vida. Entiéndase la cita de Eros Ramazzotti como lo que es: una advertencia de a qué nos abocaría la temible resucitación de los noventa. Avisados estamos. CARLOS ORTEGA

Sobre nosotros Carlos Ortega

A mí me criaron entre películas. De hecho, la colección de mi padre debe de sobrepasar, de largo, los dos mil títulos. Por cierto que malas, muy pocas. Años más tarde, sabedora de estas sospechosas inclinaciones mías, una novia me regaló una preciosa libreta moleskine, tamaño cuartilla, de crítico cinematográfico que no tardé en ponerme a garabatear. Como tampoco tengo empacho en compartir mis opiniones, una cosa ha llevado a la otra. En cuanto a mis preferencias, me remitiré a Orson Welles cuando, preguntado por las suyas, hizo la siguiente enumeración: John Ford, John Ford y John Ford.

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