LA LIBRERÍA

ANTIGUALLA BALDÍA

Quizás la novela de la británica Penelope Fitzgerald (1916-2000) – publicada en 1978 – tenga un encanto y un aroma que la directora y guionista Isabel Coixet no ha sabido trasladar en su adaptación: no por falta de empeño, porque se nota que la ha hilvanado con amor y esmero, pero todo huele a rancio, la acción resulta morosa, los personajes apenas se deslindan del cartón piedra, las emociones parecen impostadas, la minuciosa recreación de los años cincuenta carece de vida, vigor y fuerza, la afición por los libros deviene en un axioma irrefutable, casi un acto de fe… Es decir, todo el mimo y dinero invertido en llevar a la gran pantalla esta historia melancólica, impregnada de nostalgia libresca, destaca por su estilizada pulcritud, pero adolece de alma, de tensión, de veracidad.

Es triste escribir un comentario sobre una cinta que a todas luces nace fruto de la pasión por la literatura, por el entusiasmo por la letra impresa, por la importancia simbólica que cobra una librería como expresión de un mundo que se está desmoronando a nuestro paso, donde la cultura parece que no tiene razón de ser y su vigencia se cuestiona a cada paso. Pero cuando tan buenas y loables intenciones no consiguen emocionarnos, ni convencernos, ni subyugarnos, no cabe sino preguntarse a qué puede deberse este craso error. Y no queda sino apuntar a su máxima perpetradora: Isabel Coixet, que dice haber albergado desde hace décadas el sueño de adaptar la novela original desde que cayó en sus ávidas manos de lectora. Compartir – como comparto – el amor por los libros, no basta para pergeñar una obra de valía, ni tan siquiera una obra relevante, cuando se yerra en lo fundamental: todo resuena a superchería, un cansino ejercicio de estilo repleto de artificio y falsificación.

Los actores británicos suelen ser capaces de dotar de vida hasta a los personajes más mustios, pero aquí se estrellan contra un muro insalvable de acartonamiento. Ni Emily Mortimer resulta una viuda creíble en su obcecada y laboriosa fragilidad, ni Bill Nighy puede salvar los papeles desde su atalaya claustral. Deambulan perdidos e indolentes, recitando frases lapidarias carentes de enjundia y sentido. James Lance sucumbe ante su cargante y engolada representación de odioso petimetre y ni siquiera la estupenda (norteamericana) Patricia Clarkson puede salvar los muebles como una pérfida contrincante, ya que su motivación es ficticia y carece de fundamento.

He enumerado muchos rasgos negativos y para ser del todo justos habría también que señalar que se deja ver con cierta simpatía y benevolencia por tu tono de fábula atemporal que adopta. Y el cierre, apenas unos segundos del lánguido metraje, es soberbio, aunque ya extemporáneo. ★★★☆☆ ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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