EL TERCER ASESINATO

INMOLACIÓN O CONDENA

★★★☆☆

Una frase de la película resume el propósito de este thriller policiaco japonés: ‘no quiero hacer como que no veo’. Todo gira en torno a un hecho delictivo que presenciamos al comienzo de la cinta – el asesinato de un empresario, que deja tras de sí a una joven viuda y a una huérfana impedida –, pero en realidad aborda una compleja reflexión sobre la culpa y su expiación. Podría entenderse como un tradicional relato sobre un crimen y su castigo, aunque si bien los hechos son contumaces, todo aquello que no hemos presenciado tiene tanta o mayor importancia que lo que la realidad ofrece a primera vista: sólo se trata de no apartar la mirada y dejar que las piezas del rompecabezas vayan encontrando su acomodo hasta desvelarnos un cuento gótico repleto de dolor y suciedad que lo impregna todo hasta la náusea.

Quizás peque de lentitud, prolijidad y verborrea, pero si se acepta el ritmo premioso y se disculpa el exceso de diálogo, se ofrece un retrato adulto, complejo y lleno de matices sobre el valor de todo ser humano, de la importancia que cada cual puede tener en la vida de los demás, con independencia de los yerros anteriores o de aparentes logros presentes. Los caminos del señor no son siempre rectos ni cristalinos, los peores actos pueden deberse a las mejores de las intenciones, los mayores crímenes pueden contener una simiente de bondad y justicia. Nada es lo que parece – como todo buen enigma que se precie – y nadie es tan bueno ni tan malo que no guarde en su fuero interno una cara oculta que nos impactaría, turbándonos y haciéndonos palidecer de incredulidad u horror si fuéramos capaces de desentrañarla. Sólo hay que saber observar.

Lo que comienza como una pieza hermética, discursiva, sin un centro de gravedad aparente, contradictoria y tosca, deshilvanada y premiosa, va tomando cuerpo y cogiendo altura poco a poco, en la misma medida en que las capas del misterio se van revelando en sutil paradoja tras innumerables embustes, máscaras y artificios, sembrando la incomodidad y el asombro en el espectador. Tras la argucia bienintencionada de unos abogados que intentan librar a su defendido de la pena de muerte se esconde un abismo ético irresoluble, donde la verdad no brilla, donde la justicia quizás vence pero no nos convence, donde la clemencia permanece desterrada y donde la condena se vuelve calvario…

Imperfecta pero también un prodigio de ambigüedad moral. No es para paladares inquietos, ni para los que anhelan un mundo idealizado. Se paladea sobre todo al finalizar su proyección. Difícil de recomendar pero estimable • ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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