A GHOST STORY

LA MUERTE DESDE LA MUERTE

El amor y la muerte conforman un pack muy jugoso para el cine, que ha sabido retratarlo desde todos los ángulos posibles. Pero quién iba a decirnos que las reflexiones más desgarradoras y clarividentes sobre el vacío emocional llegarían de la mano de la ciencia ficción, de un relato imaginario que con una intencionada apuesta formal sitúa el punto de vista en un fantasma de sábana blanca. Una presencia sin expresión que observa la evolución de su entorno tras su fallecimiento. Una mirada sin ojos, un cuerpo sin forma ni voz que transmite más emociones que tantos otros intentos fallidos.

Es una lástima que esa apuesta formal lastre en cierta forma la apabullante evolución del metraje. A Ghost Story arranca petulante, encantada de conocerse, sometiendo al espectador a auténticos actos de fe, como vislumbrar a Rooney Mara en plano fijo degustando un pastel durante varios interminables minutos. Algunos lo han calificado de hipster en su sentido más peyorativo. Su formato cuadrado con bordes redondeados recuerda más a Instagram, aunque el ritmo sea el opuesto al que demanda la generación Youtuber. Pero más allá de tendencias más o menos justificadas, lo cierto es que la película traspasa esas barreras para convertirse en toda una emotiva experiencia.

Mediante un particular y surrealista sentido del humor, David Lowery nos sumerge en una historia de rotunda tristeza, melancolía y, sobre todo, mucha paciencia. La de un espíritu que asiste indefenso a la destrucción de su hogar, enclaustrado en un lugar y en el tiempo sin más opción de comunicarse que los objetos. Tras esa sábana blanca y esos ojos huecos que deambulan por la que fuera su casa, el espectador es capaz de empatizar a la perfección con la impotencia del protagonista. Una dolorosa reflexión sobre la pérdida, sobre el hueco de las presencias y de las ausencias, tras la que uno sólo puede terminar más reconfortado. ★★★★☆ – POL MORALES


ESPECTROS SIN MISTERIO

Pocas veces una idea tan sugerente se ha quedado tan lejos de sus intenciones, pocas veces noventa minutos se convierten en un calvario tan árido, tan antipático, tan sin sustancia, tan pesado y tan repetitivo que produce desesperación por su metraje excesivo, pocas veces unos actores tan intensos y reputados se estrellan y fracasan ante la inanición exangüe de una crónica tan reiterada, tan plana, tan lánguida y tan malograda. Apenas los últimos quince minutos elevan el tono de la cinta, pero ya es demasiado tarde como para rescatar del sopor aletargado al sufrido espectador. Pudo y debió ser mejor, pero falla el guión, que no sabe desarrollar y dotar de interés una historia que, resumida, pareciera una gema en bruto, fértil fermento para un enfoque diferente al trillado mundo de las almas en pena y de los amores contrariados. Pero no, tal y como está, resulta una desilusión, un engaño, una bravuconada mustia y sin sentido ni razón de ser.

Fui al cine con ganas de dejarme sorprender y embaucar, ya que había leído algunas razonadas y entusiastas críticas que avivaron mi curiosidad; además el planteamiento narrativo parecía sugerir un enfoque a contracorriente del adocenado cine de sustos, conmociones y verbenas falleras saturadas de efectos especiales que inundan la cartelera en estas fechas. Y, en efecto, se sale de lo habitual, ambiciona un enfoque diferente, proponiendo un ritmo por completo alejado del frenesí descerebrado que nos anega, urdiendo un relato que busca la introspección antes que la vistosidad, urdiendo un cuento lúgubre e infausto sobre los amores cercenados, sobre el paso del tiempo y sus estragos, sobre lo injusta que es la vida, sobre la desdicha de la pérdida y la desolación de la espera, sobre los destrozos de la separación y las heridas del desamparo. Todo muy loable si se llevara a buen término, pero fracasa en lo esencial: no interesa ni lo más mínimo, ni lo que pasa, ni lo que pudo haber sido y no fue, ni nada. Un galimatías tan saturado de tedio y tan monocorde que genera fastidio, rechazo y apatía.

Quizás un guión mejor ensamblado nos hubiera permitido disfrutar de la propuesta, pero apenas alcanza a ser un pálido y agostado borrador que aguas a cada recodo, se pierde en vericuetos desmayados, sin fuste ni brío, se repite más que una sopa de ajo y cebolla, cansa al más predispuesto e invalida todo el crédito que su ambicioso y peculiar planteamiento nos había hecho albergar. Y tanto más irritante porque a mitad del metraje – por si no somos espabilados – un redundante personajillo deletrea hasta la náusea la intención de la cinta. Deplorable. ★★☆☆☆ – ANTONIO MANERO

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