NARCOS. S3

Los primeros episodios de la nueva temporada de Narcos parecían confirmar mis sospechas: los cuatro caballeros de Cali juntos no alcanzan a igualar el carisma —no por malsano menos arrollador— del Patrón Pablo Escobar. Tampoco sus intérpretes, excepción hecha del portugués Pêpê Rapazote en la piel de Chepe Santacruz, pueden siquiera compararse al superlativo trabajo con que Walter Moura engalanara las dos entregas precedentes. También añoraba a Boyd Holbrook-Steve Murphy, aunque probablemente no tanto como lo ha debido de extrañar Pedro Pascal, a cuyo agente Peña se lo veía algo —bastante— huérfano sin su compañero de fatigas. La relevancia concedida a Jorge Salcedo, jefe de seguridad del cartel, se me antojaba excesiva, en especial habida cuenta de las escasas prestaciones que ofrece el encargado de darle vida, el sueco (¿?) Matías Varela. Por si fuera poco, algunos diálogos parecían descartes de algún culebrón, aunque no precisamente de la estupenda Pablo Escobar, el patrón del mal (2012).

Sin embargo, pasado el estupor inicial —imagino que también debido a la resistencia al cambio inherente al ser humano, particularmente acuciada en mi caso—, familiarizado con el nuevo statu quo y sus protagonistas, y asumido al fin que Escobar no iba a regresar de entre los muertos —muchos, muchísimos responsabilidad suya, directa o indirecta— para arreglar el aparente desaguisado con la preceptiva dosis de plomo, conseguí volver a apreciar bastantes de las virtudes que han convertido a Narcos en el indiscutible fenómeno audiovisual que todavía es. En primer lugar, la excelente factura técnica, como siempre en Netflix. Segundo, la estructura narrativa escindida en dos líneas argumentales que acaban entrecruzándose, asimismo característica: el acoso al cartel por parte de la DEA y la guerra de aquél con la competencia. La fórmula, pese a repetirse por tercera vez —con la única variación de que donde decía Medellín dice ahora Cali—, sigue funcionando. Esta por ver hasta cuándo, pues una cuarta temporada con el narco mexicano como enemigo público número uno cobra visos de realidad. A raíz de la deslumbrante primera entrega me congratulaba de que, a diferencia de muchas otras series, la propia verosimilitud histórica impediría que el asunto se alargase hasta dejar seca la gallina de los huevos de oro. Bueno, quizá tenga que tragarme mis palabras.

Pero había decidido centrarme en los aspectos positivos, conque no nos desviemos. Al añorado agente Murphy viene a suplirlo un par de petunios que, de tan pollos, extraña sobrevivan no ya a sus primeros encontronazos con el cartel de Cali, sino incluso a la propia gastronomía local —aunque, ojo, una bandeja paisa o una arepa con todo no son ninguna tontería—. Por suerte, conforme los episodios avanzan sus personajes se van asentando, hasta el punto de granjearse el cariño del espectador. Dos simpáticos mocetones, cierto que algo unidimensionales —especialmente si se los compara con la compleja figura compuesta por Holbrook—, con los que no cuesta empatizar.

En fin, no ha llegado la sangre al río —es un decir, si algo pervive en esta (pen) última entrega son las balaceras a quemarropa— y (todavía) no se ha desvirtuado el rico legado que dejaran las dos primeras ediciones de la serie. Veremos si, como todo parece indicar, hay una cuarta temporada, confiando en que el listón se mantenga a una altura razonable • CARLOS ORTEGA

Sobre nosotros Carlos Ortega

A mí me criaron entre películas. De hecho, la colección de mi padre debe de sobrepasar, de largo, los dos mil títulos. Por cierto que malas, muy pocas. Años más tarde, sabedora de estas sospechosas inclinaciones mías, una novia me regaló una preciosa libreta moleskine, tamaño cuartilla, de crítico cinematográfico que no tardé en ponerme a garabatear. Como tampoco tengo empacho en compartir mis opiniones, una cosa ha llevado a la otra. En cuanto a mis preferencias, me remitiré a Orson Welles cuando, preguntado por las suyas, hizo la siguiente enumeración: John Ford, John Ford y John Ford.

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