DETROIT

LAS ENTRAÑAS DE LOS PREJUICIOS

★★★☆☆

Han pasado 50 años, pero las similitudes y analogías con el momento actual angustian y horrorizan por igual. La violencia como válvula de escape sin atajos ni disimulos, la crudeza de unos disturbios dantescos que sacan a relucir lo peor de cada cual y resaltan la impotencia de unos – que además dirigen su rabia y su orgía de sangre y saqueos hacia ellos mismos y su comunidad – y la prepotencia de los otros, que tratan de defenderse de sus endémicas suspicacias y fantasías totémicas a base golpes, disparos y abusos. Nada nuevo pero relatado con garra y fuerza, aunque quizás se haga demasiado larga y repetitiva hacia el final de su excesivo metraje, pero ofrece un retablo descorazonador de las miserias más tristes y repugnantes del ser humano, que parece aferrarse como un mantra al terror hacia lo desconocido – lo diferente – cuando no queda otra forma de lenguaje a su alcance.

Quizás su mayor característica – y cortapisa – sea que la potencia de sus imágenes (la recreación de la época, la violencia exacerbada, la arbitrariedad y el terror que irrumpe a cada paso e ilustra la sinrazón del ensañamiento policial) casa mal y resulta incongruente con la debilidad de un guión demasiado plano y repetitivo, poblado por unos personajes reconocibles pero en exceso simples y sin hondura, meros clichés que sirven de pretexto para vehicular una narración intensa y desabrida, hosca y tremebunda, pero que acaba por engullir y neutralizar la ira que pretende reflejar. Vemos, padecemos y nos conmovemos con lo que ocurre, pero nos importan más los hechos y las circunstancias que las personas, el retablo en su conjunto y no tanto los individuos que padecen la vesania de un comportamiento histérico y bestial que sucumbe sin pudor a lo histriónico y de tanto repetirse acaba por repeler y hastiar. Un poco de mesura – o, al menos, una más calibrada dosificación de los atropellos – le habría sentado bien.

Por lo tanto, resulta admirable la intención inconformista y rebelde que recorre toda la cinta, lo oportuno de su denuncia, lo pertinente de su discurso reivindicativo, la virulencia de su compromiso con la igualdad de oportunidades y su acusación agresiva y sin remilgos de los fallos sangrantes y ponzoñosos de un sistema que hace aguas por doquier. Pero al finalizar la proyección queda un cierto regusto de insatisfacción. Como si el ruido y la furia hubieran ahogado los gritos de socorro de las víctimas, abandonadas a su suerte en la cuneta de los deshechos. La abrumadora tensión, virtuosismo y efectividad del montaje nos arrolla, pero no consigue poner en pie una obra inapelable, que trascienda las limitaciones de su punto de partida • ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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