VERANO 1993

SEPARACIÓN, PÉRDIDA Y ABANDONO

★★★☆☆

Una vez más, las loables intenciones son mejores que la recompensa obtenida. La ambición de pergeñar una obra honda y perdurable sobre el irascible dolor de una niña que acaba de perder a su madre y es acogida por sus calmosos tíos en una masía recóndita en mitad del campo – por tanto, alejada de la Barcelona donde había vivido hasta entonces con sus mimosos abuelos – es digna de elogio y atención. Pero resulta demasiado previsible, monocorde y morosa como para enganchar del todo al predispuesto espectador, que deambula entre el aburrimiento y la complicidad sin decidirse por qué decantarse. Quizás se deba a la nula simpatía que genera la nena protagonista, que produce un notable rechazo y deviene tan insoportable como exasperante y – aunque sea algo intencionado – me parece un error que empaña de principio a fin todo su metraje.

Es una película que se centra en los detalles, tanto en lo que no se menciona de forma expresa y queda soterrado, acechando como una losa o una condena, como en momentos llenos de perspicacia y una capacidad de observación que desbordan cualquier formulación verbal. Rebosa ternura y afecto hacia sus personajes, pero se toma demasiado tiempo para cada escena y la acción no avanza sino a trompicones y ráfagas, con unos desfallecimientos y arritmias que ponen a prueba la paciencia. Esa endeblez formal agota y pese a que se puedan paladear sus innegables virtudes y aciertos, no acaban de borrar la sensación de pesadez que desbarata toda armonía.

Otro error, quizás el principal, es el deslavazado guión que se propone mucho pero no remata casi nada. Sugiere más que enuncia – lo cual podría ser una mérito – pero se queda en el esbozo de lo que pudo haber sido pero no llega a ser por un excesivo ensimismamiento que impide el normal fluir de los acontecimientos. Hay mucha verdad psicológica en lo que se cuenta y en cómo lo cuenta, pero los personajes adultos – que debieran sentirse desbordados por los acontecimientos – parecen siempre en control de la situación y muestran una clarividencia y certeza que no se corresponde con su datos biográficos. Y otros sujetos colaterales se antojan superfluos y tópicos, en absurda contradicción con el meollo central del relato. Cerrar bien un duelo es una tarea ímproba que aquí se resuelve como por casualidad.

Sin embargo, también contiene media docena de momentos impresionantes que sobrecogen y emocionan por su profundidad y precisión. Sobre todo hacia el final – y en especial la mínima escena última – que casi redimen el conjunto y lo elevan hasta cotas inesperadas. Si bien un soberbio desenlace no hace olvidar un desarrollo interesante aunque fallido • ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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