UN DON EXCEPCIONAL

VENGANZA PÓSTUMA

★★★★☆

La paternidad no es sólo una cuestión genética, sino que trasciende los meros lazos de sangre hasta erigirse en una experiencia inefable que desborda cualquier explicación racional. Como padres solemos exigir que nuestros hijos alcancen lo que nosotros no hemos sido capaces de lograr, convirtiéndolos en una fotocopia apócrifa o mejorada de nosotros mismos, cegados por la ambición y el afán de notoriedad, aunque sea por delegación. Otras veces nos sentimos incapaces de dar a nuestros vástagos todo lo que creemos que nos demandan y eso nos abruma y desalienta, como si nos enfrentásemos a una tarea titánica de utópico éxito. Y como hijos solemos admirar a nuestros progenitores como si fueran la encarnación de todas las bondades y excelencias de la tierra. O bien odiarlos sin límite ni medida porque nos sentimos ignorados o invisibles, envueltos en un resentimiento indeleble que lo mancilla todo. Nuestra incapacidad para ver nuestras propias angustias y para entender los conflictos de los demás es nuestra condena y nuestra penitencia; tanto más grave cuanto más cerca los tenemos y más cercanos los sentimos.

Estamos ante una modesta película comercial que, sin embargo, nos ofrece un microcosmos rico en matices y rebosante de vida que aborda sin tapujos ni rodeos cómo nos vinculamos con nuestros familiares, los errores que solemos cometer, los aciertos que tendemos a ignorar y las dificultades que encontramos para entablar relaciones sanas y fértiles, más allá de nuestros egoísmos y obcecaciones. Tres generaciones diferentes, cada una con sus heridas, carencias y necesidades, cada una mirando al otro como una herramienta para el propio beneficio y satisfacción, como si fuéramos inmunes a las implicaciones del afecto, del cariño y la seguridad que nos brinda el sentirnos queridos por ser llana y simplemente nosotros mismos, sin manipulaciones ni coacciones en función de unos atributos que esperan o exigen de nosotros.

Todo ello lo consigue, sin aparente esfuerzo, gracias a un excelente guión que pone en pie a unos personajes bien dibujados y llenos de matices, que nos permite entender los motivos de cada cual, dónde no hay ni buenos ni malos, sino sólo almas malheridas e imperfectas que creen estar haciendo lo correcto, pese a sus arrebatos de insensibilidad y codicia, pese a sus disimulos y ardides. Se nos da muy bien mentirnos – no hay mejor ciego que el que no quiere ver – y se nos enciende la boca con improperios y vejaciones cuando nos creemos en posesión de la verdad.

Sería un error confundir la sencillez con simpleza. Estimulante propuesta que encarna lo mejor del cine independiente, gracias a una elegante puesta en escena y a unos actores que brillan en sus respectivos cometidos: sobre todo la niña protagonista, Mckenna Grace, así como la veterana Lindsay Duncan, pero también Chris Evans en un muy encomiable cambio de registro • ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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