MARAVILLOSA FAMILIA DE TOKIO

DEL AMOR Y SUS RAMIFICACIONES

★★★☆☆

Con seguridad que no estamos ante un Ozu reencarnado o tan siquiera menor – como tampoco estamos ante una gran película del veterano maestro nipón Yôji Yamada – pero pese a su tono algo burlesco y convencional, desprende un poso de autenticidad en cuanto al retrato que ofrece sobre tres generaciones de una familia japonesa que viven bajo el mismo techo, sus relaciones, sus vinculaciones, sus proximidades y desencuentros, sus peleas y reconciliaciones, sus sinsabores y su nueva sabia irrefrenable que brota a cada paso y que prolongan la estirpe más allá del tronco acogedor. A veces no hace falta ofrecer una cinta redonda e impecable para abordar los misterios de la convivencia en pareja, basta con que haya un conjunto de características que nos revelen las trampas y dificultades cotidianas para convertirla en un acierto entrañable.

El humor nos puede parecer algo ganso y exagerado, más cercano al vodevil aparatoso que a una sutil comedia de costumbres, pero su textura resulta consistente y bien trabada y sus muecas se nos antojan reconocibles y cercanas pese a la lejanía cultural innegable que nos separa del país del sol naciente. Conviene fijarse en los detalles, en lo no dicho aunque sagazmente esbozado (como por ejemplo el secundario papel de la mujer japonesa, del todo sometida a la voluntad y los antojos del marido, o también la dificultad para verbalizar lo obvio, como si fuera un desdoro reconocer los propios sentimientos y dependencias más allá de lo convencional o de lo tácito). Es esa acumulación de gestos y rasgos lo que eleva esta obra más allá de lo previsible y de lo epidérmico.

Casi todas las escenas son llevadas hasta la farsa y el exceso paródico. Hay muchas muecas, mucho histrionismo y muchas reacciones extremas y sobreactuadas, pero si se acepta y abraza su acentuado y sesgado tono de sainete chusco e irrisorio se atisban los márgenes de una verdad que tiene miedo por manifestarse y decir su nombre. El exceso de recato y disimulo de la cultura japonesa parece que conlleva asociado que ciertos temas sólo pueden abordarse de forma oblicua e indirecta, como si el pudor impidiera nombrar a las cosas por su nombre y hubiera que optar por la parodia para aproximarse a las incongruencias de la vida. Quizás sea este rasgo lo que dificulte a más de un espectador occidental adentrarse en la propuesta.

En resumen, estamos ante una obra modesta y acogedora, más crítica y afilada de lo que pudiera parecer a simple vista, que si bien no alcanza niveles de gran cine, resulta cálida y sugerente • ANTONIO MANERO

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

10 − Ocho =

La moderación de comentarios está activada. Su comentario podría tardar cierto tiempo en aparecer.