BRONSON

TOM HARDY ES EL MENSAJE

Nada más lejos de mi ánimo que incurrir, yo también, en la tan traída comparación de “Bronson” con “A Clockwork Orange” (La naranja mecánica, 1971); toda vez que la reverenciada cinta de Kubrick se basaba en la distopía imaginada por Anthony Burgess mientras que “Bronson” parte de hechos reales, lo cual, convendrán conmigo, es ciertamente inquietante.
Si bien ambas comparten la denuncia de la incapacidad de los sistemas penitenciarios para reinsertar a los presos en la misma sociedad que los ha repudiado, atraviesa “Bronson” una problemática cuya lacerante actualidad la hace —incluso— más temible: el ciego anhelo de fama, a cualquier precio y por la vía que sea, sin que medie el mínimo atisbo de escrúpulo de conciencia o cortapisa moral. El descerebrado que la protagoniza encuentra en la violencia gratuita la manera de convertirse en “el preso más famoso del Reino Unido”. Decenas, cientos de millones de personas persiguen lo que no es sino un paupérrimo remedo de celebridad haciendo público cada minuto de sus grises vidas en unas redes sociales que —es evidente— se nos han ido de las manos. Ello no da ya tanto miedo como lástima, una pena infinita ante el rasgo distintivo de nuestros días.
Nicolas Winding Refn se sirve de la estilizadísima estética, explosiones de violencia y estructura fragmentaria marcas de la casa para transmitir su mensaje terrible. La banda sonora, como siempre, es tan impecable como alucinada —creo que no soy el primero en recalcar la gloriosa secuencia del guateque en el psiquiátrico con el “It´s a Sin” de los Pet Shop Boys atronando sin piedad—.
Pero el alma de esta fiesta enfermiza es, qué duda cabe, un Tom Hardy descomunal. “Sobreactuado” es un adjetivo que se le queda corto, “pasado de rosca hasta la esquizofrenia interpretativa” califica mejor la orgía a la que asistimos. Y sin embargo, resulta tan veraz que duele. Disconforme con ser “sólo” el centro de gravedad de la película, canibaliza todo a su alrededor como si de un agujero negro supermasivo se tratase, hasta eclipsar las muchas y muy llamativas señas de identidad de un cineasta con tanta personalidad como Winding Refn. No extraña que para protagonizar las subsiguientes “Drive” (ídem, 2011) y “Only God Forgives” (Sólo Dios perdona, 2013) optara por el lacónico Ryan Gosling.

Sobre nosotros Carlos Ortega

A mí me criaron entre películas. De hecho, la colección de mi padre debe de sobrepasar, de largo, los dos mil títulos. Por cierto que malas, muy pocas. Años más tarde, sabedora de estas sospechosas inclinaciones mías, una novia me regaló una preciosa libreta moleskine, tamaño cuartilla, de crítico cinematográfico que no tardé en ponerme a garabatear. Como tampoco tengo empacho en compartir mis opiniones, una cosa ha llevado a la otra. En cuanto a mis preferencias, me remitiré a Orson Welles cuando, preguntado por las suyas, hizo la siguiente enumeración: John Ford, John Ford y John Ford.

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