NARCOS. S2

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EL CREPÚSCULO DE LOS ÍDOLOS

Igual que sucediera cuando Mad Men acabó, han matado al Patrón —difícilmente nadie con un mínimo conocimiento del mundo en el que habita considerará esto un spoiler—, y nos hemos quedado un poco (más) huérfanos. En parte, quizá, por la dulcificación a que es sometido el personaje, denunciada por su propio hijo, Juan Pablo Escobar, hoy Sebastián Marroquín. Conviene no olvidar que a Escobar se le atribuyen 3000 asesinatos, tres veces los de la banda terrorista ETA en aproximadamente la mitad de tiempo. Pero, sobre todo, por el trabajo interpretativo de un Wagner Moura que supera, si cabe, la sobresaliente composición, personalísima, que nos regalase en la primera temporada, dotando a un tipo tan complejo, tan enfermizamente fascinante como Pablo Escobar, de una frágil humanidad tal que no extraña haya escamado a más de uno, el citado y reconcomido primogénito entre ellos.

La diferencia fundamental entre ambas temporadas estriba en los períodos abarcados. La primera, de unos quince años, se prestaba más a la simplificación y a la épica —o contraépica, toda vez que se narran las aventuras de un individuo, insisto, tremendamente tóxico, tanto para su familia como para su país y el mundo entero—; en cambio, esta segunda entrega, que comprende poco más de dos años, opta por un intimismo mayor y una prolijidad discursiva que la acercan a Pablo Escobar, el patrón del mal (ídem, 2012), culebrón colombiano dotado de inopinada calidad, aunque salpicado de las astracanadas propias del género. Perfectamente lógico, por otra parte. La caída de los ídolos, incluso los negativos, salvo contadas excepciones tiene muy poco de heroico. Lo mismo que la muerte: estremece el contraste, brutal, entre la figura arrogante y derrochona de sus años dorados —o de plomo, según el lado de la barrera desde el que se hable— y el desamparo que el cadáver de Escobar transmite, las manos exánimes metidas en el cinturón para evitar que el cuerpo se desmadeje durante el traslado, o los pies descalzos tras haber perdido las chancletas en su postrera e infructuosa huida.

Gran mérito de la segunda temporada de Narcos es, junto a la superlativa actuación de Moura antes referida, el sabio manejo que se hace de la intriga. Porque, pese al final que espera a su protagonista —en el fatalismo no sólo de su mirada, sino de cada uno de sus movimientos o del tono de su voz, de su manera de estar, en definitiva, puede leerse que también él lo intuye—, en bastantes ocasiones creemos, y hasta lo deseamos —así de temible puede llegar a ser la mente humana—, que éste acabará por derrotar a sus múltiples enemigos, o conseguirá escapar de su feroz persecución al menos.

Humanización similar a la que observamos en el Escobar de Wagner Moura la encontramos en los agentes de la D.E.A., Steve Murphy y Javier Peña, interpretados por Boyd Holbrook y Pedro Pascal. Aunque cada uno en sus respectivos tiempo y forma, ambos parecen darse cuenta de que el fin no justifica los medios y que no todo vale para cazar al enemigo público número uno, por muy Pablo Escobar que éste sea. La guerra sucia nunca debería ser una opción, axioma que harían bien en aplicarse unos cuantos países tenidos por civilizados, incluido el nuestro. El mexicano Raúl Méndez, por su parte, compone un César Gaviria que recorre un camino inverso al de los anteriores: el presidente blando de la primera temporada, llegado al cargo casi sin querer, evoluciona hasta convertirse en el más implacable perseguidor de quien había tratado de liquidarlo con la famosa bomba en el vuelo de Avianca. Un ejemplo, otro más, de que la venganza podría perfectamente desbancar a la lucha de clases como motor de la historia. Fíate de las mosquitas muertas.

En fin, cobran visos de realidad los rumores de que habrá dos nuevas temporadas, centradas éstas —es de suponer— en la lucha contra el cartel de Cali. Temo que ello haga decaer si no la calidad y factura técnica de la serie, impecables las dos, sí su interés, pues los herederos —en rigor, usurpadores— del pérfido imperio de Escobar carecían de la telegenia y del carisma, arrolladores por más que a tantos duela, que adornaban al Patrón • CARLOS ORTEGA

Sobre nosotros Carlos Ortega

A mí me criaron entre películas. De hecho, la colección de mi padre debe de sobrepasar, de largo, los dos mil títulos. Por cierto que malas, muy pocas. Años más tarde, sabedora de estas sospechosas inclinaciones mías, una novia me regaló una preciosa libreta moleskine, tamaño cuartilla, de crítico cinematográfico que no tardé en ponerme a garabatear. Como tampoco tengo empacho en compartir mis opiniones, una cosa ha llevado a la otra. En cuanto a mis preferencias, me remitiré a Orson Welles cuando, preguntado por las suyas, hizo la siguiente enumeración: John Ford, John Ford y John Ford.

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