MULHOLLAND DRIVE

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MULHOLLAND DRIVE: ESA EXPERIENCIA

★★★★★

Existe un limitado círculo de películas definibles como “experiencia cinematográfica”, que alquimizan todas las emociones posibles de cada secuencia para convertir cada visionado en una primera vez y, con una atmósfera que han intentado emular hasta el aburrimiento, Mulholland Drive es el epicentro de muchas de ellas.

Es fácil inducir al sueño o a la alucinación presentando imágenes aparentemente inconexas y con un montaje tan anárquico, pero es difícil mantener esa sensación de irrealidad durante dos horas y media sin aburrir a no ser que entiendas el cine como una cadena de acción-reacción donde cada elemento estético/musical colocado en el plano necesita una razón de ser para crear una conexión emocional tan fuerte con un espectador completamente confuso como para emocionarlo con algo que no puede entender. Lynch lo consigue, si Mulholland Drive es tan hipnótica es porque está cuidada hasta el más ínfimo detalle: cada fotograma de la cinta es un cuadro coordinado siempre con una música en su lugar, las interpretaciones, tan ambiguas como la propia película, son brillantes, y cuando la partitura de Angelo Badalamenti se ausenta esos momentos no están vacíos, están llenos de silencio. El resultado es un viaje lleno de personajes ante los cuales no sabes como posicionarte. Situaciones ante las cuales no sabes como sentirte y escenas ante las que no sabes si reír, llorar o temer…pero vas a estar sintiendo algo. Es instintivo, no tienes opción, no se puede no sentir. Lynch lo sabe. Él pone las imágenes, confía en tu inteligencia para que compongas el resto de la pieza. Precisamente la mejor baza de Mulholland Drive es que emociona sin necesidad de decirte cuando y qué sentir, es un juego mental perturbadoramente bello.

Y cuando Betty, una aspirante a actriz con los distintivos incisivos de Naomi Watts y un apartamento con el peor sistema de seguridad del mundo (en serio, se le cuela todo el mundo) encuentra a una joven amnésica que no recuerda quien es, la película adquiere una importante dimensión humana que la hace todavía más intensa. Es curioso que una película tan estéticamente hipnótica acabe siendo tan introspectiva al seguir la aventura de dos personajes inconexos en la búsqueda de la verdad que es, al mismo tiempo, su propia identidad. Laura Elena Harring no sabe quien es, nosotros tampoco, y es fácil empatizar a partir de ahí. Nuestras protagonistas se desnudan, física, emotiva e interpretativamente, con una Naomi Watts que podría haber rascado como mínimo una nominación al Oscar si Universal Pictures no hubiese sido tan cafre como para proponerla como secundaria.

Naomi Watts nunca se ha visto en una semejante, desgarradoramente humana pero absolutamente hipnótica en una interpretación que al inicialmente se presenta….extraña, propia de una actriz autoconsciente de que está actuando y que parece importada de un filme totalmente diferente, más cercana a Dorothy de El Mago de Oz que al Hollywood oscuro donde deambulan los personajes de Lynch, compuesto en su mayoría por siniestros personajes al cargo del mundo del entretenimiento y que paralelamente a la trama principal construyen una boca de lobo tan negra que te aterra que Betty acabe dentro. Una aspirante a estrella que se presenta con una voz y una inocencia tan poco natural, frases a veces tan impostadas y gestos tan artificiales que al principio te hace plantearte si estás ante la peor actriz del mundo o si Betty va dos pasos por delante de lo que parece, hasta que empiezan a asomar grietas en su angelicalmente turbia fachada y compone con una media hora final una de las interpretaciones más complejas, desconcertantes e inolvidables del S.XXI. Está inmensa.

Es muy difícil hablar de Mulholland Drive sin destripar su argumento, más que nada porque presenta distintos niveles de interpretación, pero llegado cierto punto te das cuenta de que estás siendo felizmente manipulado y poco te importa la trama cuando ya se han sentado las bases de su juego: desde el minuto uno sabes que no existe un orden redentor ni siquiera en la propia existencia de los personajes, la constante inclusión de elementos absurdos y desconcertantes te mantiene alerta y nada puede darse por seguro, ni siquiera el propio sentido de la cinta hasta que te preguntas “¿Realmente me importa si esto es real o no?” “¿Merece siquiera la pena averiguarlo?”. Mulholland Drive es un ejercicio de sensaciones y emociones, lo único que podemos dar por sentado que es real es lo experimentamos a partir de lo que vemos, y esto es una manera realmente hermosa de vivir el cine. Al igual que las protagonistas, ante el caos y la confusión total, lo que sentimos es lo único a lo que podemos aferrarnos, es la única forma que nos permite la película de decidir qué es lo que está ahí: sentir. El miedo, el amor, la violencia. Somos lo que somos en función de lo que sentimos, ellas e incluso la realidad que las rodea, también. En el fondo Lynch es un romántico • Javier Palma


Título original Mulholland Drive Año 2001 País Estados Unidos Director David Lynch Guión David Lynch Reparto Naomi Watts, Laura Elena Harring, Justin Theroux, Ann Miller, Robert Forster, Brent Briscoe, Jeannie Bates, Melissa George, Dan Hedaya, Lori Heuring, Billy Ray Cyrus, Rena Riffel, Katharine Towne

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