LA SEMILLA DEL DIABLO

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REIVINDICACIÓN DE LA INCERTIDUMBRE 

★★★★★

Pocos géneros tan propicios para sembrar de agobiante inseguridad cualquier certeza como el cine de misterio o el de terror, porque tal y como dijo el propio Polanski: “yo no quiero que el espectador piense ‘esto’ o ‘aquello’, quiero simplemente que no esté seguro de nada. Esto es lo más interesante: la incertidumbre”. Por ello, el horror es mejor que lo añada o elucubre la imaginación de cada cual y con esta sugestiva máxima el director polaco elaboró esta obra equívoca y misteriosa. La cinta logra mantener, hasta su desenlace, una notoria ambigüedad narrativa, de tal forma que, aunque siempre nos temamos lo peor, también existe la posibilidad de que todo sea sólo fruto de la mente ofuscada de su heroína, la frágil y asaz embarazada Rosemary.

Una alarmante y tóxica fragancia invade poco a poco las imágenes. Lo que comienza como una comedia romántica deviene en algo diferente, telúrico e inquietante. Polanski – también responsable de la adaptación y del guión – juega con las expectativas del espectador, sembrando paso a paso la desazón sobre la estabilidad emocional y cordura psicológica de su etérea protagonista, que comienza de repente a imaginarse cosas, a reinterpretar la realidad, a ver confabulaciones espectrales en lo que pudieran ser solo meras coincidencias inocuas. Inoculando la duda sistemática, abre la puerta a lo temido, a lo sobrecogedor, a lo malvado e, incluso, a la locura. El espanto no surge de lo que vemos sino que se nutre de lo que nos imaginamos que pudiéramos no estar viendo.

Destaca el afilado retrato – y su progresivo desgarro anímico y físico – del personaje central, que se siente atrapado en un ambiente turbio, amenazador y obsesivo que no controla, y por el malsano aire de intimidación y angustia en el que se desenvuelve. Eso lo consigue gracias a la esmerada elaboración de una asfixiante atmósfera de peligro – llena de opacidad, sospechas y temores – más que por el presagio explícito de un psicópata descerebrado o del advenimiento de una amenaza concreta o el empleo de mareantes efectos especiales. Desfila ante nuestros ojos un torvo catálogo de seres extraños y herméticos que se desenvuelve con despreocupada y anodina cortesía. O quizás nos haya capturado y seducido el punto de vista adoptado, y tomemos como verdad suprema los miedos irracionales de su impresionable protagonista. Asistiremos a un crescendo incesante del delirio, sin estar nunca seguros de si dicho deterioro es fruto de una depresión (pre o postparto) o de una sensibilidad desbocada o de la turbiedad hipnótica del maligno.

Un tono ambiguo y receloso impregna toda la estructura del relato, ya que se nos ofrece una historia circular (canción de cuna fantasmagórica inclusive, de Krzysztof Komeda) – el último y el primer plano son idénticos, un picado del edificio Dakota – por lo que pudiera tratarse de un mero desvarío o un guiño pérfido del cineasta, o un opaco episodio fruto de una enajenación malévola. O una simple fantasía. En todo momento se especula con la disociación entre la supuesta objetividad del mundo exterior y la atormentada subjetividad íntima de su desdichada estrella.

Imperecedero thriller de suspense psicológico dirigida con sutil  inteligencia por un joven Roman Polanski. Quizás demasiado elegante y parsimoniosa para el sediento e impaciente público actual, supone una alevosa exploración sobre cómo construir una fábula desasosegante a partir de un desvarío emocional… ¿o tal vez no? • Antonio Manero 


Titulo original Rosemary’s Baby Año 1968 País Estados Unidos Director Roman Polanski Guión Roman Polanski Reparto Mia Farrow,  John Cassavetes,  Ruth Gordon,  Ralph Bellamy,  Sydney Blackmer, Maurice Evans,  Angela Dorian,  Patsy Kelly,  Elisha Cook,  Charles Grodin

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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