EL CLUB DE LA LUCHA

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ESTÁS (JODIDAMENTE) SOLO

★★★★★

Situado en el borde de ese gran precipicio existencial que era el cambio de milenio, el hombre (occidental, entiéndase) comenzó a cuestionarse quién era y qué estaba haciendo con su vida. De ese caldo de cultivo social emergieron numerosas películas que ahondaban en una honda crisis del sistema de la personalidad que se retroalimentaba diabólicamente con una subterránea crisis del sistema social. Cómo decían Siniestro Total “¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?” Quizás de toda esa corriente, que va desde Matrix a Abre los ojos, desde American Beauty a The Sixth Sense, el film más representativo sea Fight Club, la adaptación de la novela homónima del polémico Chuck Palahniuk, a cargo del guionista Jim Uhls. Desde su estreno, el cuarto largometraje de David Fincher, generó fuertes divisiones entre los espectadores, teniendo que hacer frente a críticas que la acusaban de ser un manifiesto fascista, una apología de la violencia o una exaltación del anarcoterrorismo. Obviamente, Fight Club no sólo no era ninguna de esas cosas, si no todo lo contrario, una crítica despiadada a una sociedad hiperconsumista, individualista y emocionalmente carcomida, que generaba una insatisfacción crónica en seres humanos incapaces de comunicarse entre sí.

La película nos presenta, tras un flashforward del protagonista (Edward Norton, soberbio) con una pistola en la boca que se  había encadenado previamente con unos fríos y tecnológicos títulos de crédito en los albores de la amenaza del Efecto 2000, la miserable vida de este hombre común, insignificante e indistinguible en una marea de gente, también común. Una persona gris que trabaja para una gran empresa, se pasa el día comprando de forma compulsiva e intenta paliar su vacío existencial acudiendo a grupos de autoayuda de lo más pintorescos, mendigando contacto humano, dónde termina conociendo a Marla, quizás su última escapatoria, mientras es víctima de un insomnio atroz que lo convierte en un zombie en medio de una ciudad inhóspita.

En cierta forma el protagonista/narrador es la versión perturbada del Charlot de Tiempo Modernos, un hombre que ha nacido para tener una vida mecanizada (Tiempos Posmodernos podría ser el título alternativo de la obra) o una reactualización del Joseph K. de El Proceso de Franz Kafka, un hombre atrapado en medio de un sistema que lo aliena y asfixia, sin posibilidad de escapar del mismo. Sin embargo, un día en su vida se cruza el vital, excesivo y violento Tyler Durden (Brad Pitt) que viene a abrir, con dinamita, una brecha en su lánguida y deprimente existencia. A partir de ahí el protagonista se sumerge en una espiral de perdición que terminará desembocando en la secuencia inicial.

A día de hoy, con la pátula de benevolencia que da la nostalgia, recordamos los años 90 como una época feliz e inconsciente, dónde el mundo (occidental, entiéndase) vivía en una especie de inocente esperanza que había surgido de la caída del Muro de Berlín y por lo tanto de la victoria final del capitalismo y de las democracias representativas, y terminaría implosionando con el 11-S. Sin embargo, las dolencias de nuestro presente surgieron, precisamente, en aquella década, la misma en la que Occidente sembraba el caos en Oriente Próximo o dejaba que se cometieran genocidios en sus aledaños (los Balcanes). La sociedad hiperindividualista, consumista y globalizada comenzó en aquellos años, tras el auge de los neocon y el inicio de la crisis de los partidos socialdemócratas. La soledad y la incomunicación no son males que surgieran en la década de los 00 o en la actual, simplemente se ha redoblado su impacto en nuestras vidas. Ya estábamos solos y perdidos hace 20 años.

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Estamos ante un retrato violento, frenético y fascinante de los males de nuestras sociedades y, sobre todo, de los demonios que tenemos dentro de nosotros mismos, palpitando. Fincher certificaba en la última película de su trilogía no confesa sobre la crisis psicológica del individuo en los albores del nuevo milenio (la mitificada Seven y la maldita The Game suponen los dos primeros episodios) que había llegado al cine americano para sacudirlo formalmente y ensuciarlo discursivamente. No había vuelta atrás, Hollywood tendría que enfocar con sus cegadores focos el lado más oscuro de nuestras vidas, lo cual se terminaría consagrando con la aplastante victoria en los Oscar de American Beauty ese mismo año.

Si Fight Club es un film polémico se debe a dos motivos complementarios, por un lado, nos grita verdades que no queríamos ver, que éramos más felices obviando, básicamente que la felicidad es algo terriblemente difícil de alcanzar y que la soledad es una bestia que lo devora todo a su paso, hasta reducirnos a la nada existencial. Un discurso que no se elabora desde el cine de autor independiente, si no desde las entrañas del mismo Hollywood, un discurso radical y contra-hegemónico producido desde el corazón de la hegemonía cultural del Imperio Americano, y encarnado en dos de sus grandes estrellas de los 90, Brad Pitt y Edward Norton (y Helena Bonham Carter, claro). Por otro, porque su final nos descubre una de las trampas más famosas y fascinantes de la historia del audiovisual estadounidense, consagrando a la obra como el gran film posmoderno mainstream, con toda la oposición que el posmodernismo ha generado intelectual y culturalmente hablando. Dicha trampa provocó que mucha gente se sintiera engañada por el relato que Fincher había construido para, en última instancia, volarlo ante nuestros ojos, como los inmensos rascacielos que caen, agónica y poéticamente ante dos personajes dispuestos a volver a empezar. Fight Club es una obra de culto excesiva, demoledora, inquietante y adictiva. Pasarán las décadas y seguirá siendo una historia audiovisual sólida sobre un mundo que se resquebraja. En su cínica amargura reside todo su poder de fascinación • Luis Ogades


Título original Fight Club Año 1999 País Estados Unidos Director David Fincher Guión Jim Uhls Reparto Edward Norton,  Brad Pitt,  Helena Bonham Carter,  Meat Loaf,  Jared Leto,  Van Quattro,  Markus Redmond,  Michael Girardin,  Rachel Singer,  Eion Bailey,  David Lee Smith

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