CACHÉ

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LA CULPA

★★★★☆

Situarnos frente al cine de Michael Haneke implica un ejercicio de autocrítica. No dejar de mirar en el espejo por muy empañado que esté y escarbar en la conciencia. Obliga a liberar los fantasmas de una sociedad hipócrita, autoindulgente y vacía. El llamado primer mundo ante la mirada inquina de sus habitantes. Sus películas conforman un potente revulsivo, una patada al estómago y un posterior quebradero de cabeza. Haneke introduce al espectador en cada una de sus películas. Les tacha de culpables pero ofreciéndoles la libertad que encontrarán en la inteligencia. Jugador empedernido, fotógrafo de la violencia, maestro carcelero.

Unas cintas de video acompañadas de unos escalofriantes dibujos sirven como mecanismo para sembrar la amenaza en un matrimonio francés de clase media-alta. El contenido de las mismas se centra en la fachada de su apacible hogar. Sus movimientos son controlados pero en todo momento el autor permanece en una sombra a la que Haneke no ha querido dar luz. Comienza el juego. En un primer instante Caché luce como un thriller sin adrenalina, un Hitchcock pausado, que parece anquilosarse ante los caprichos de determinado cine de autor. Sin música, sin apenas movimientos de cámara, optando por el plano fijo como recurso aniquilador de cualquier espectador paciente. Nos empuja a divagar sobre quien está detrás de esa cámara y por qué. ¿Qué esconden los protagonistas? ¿Son víctimas o verdugos? Y cuando parece que la película discurre por el mismo rumbo, un elemento ambiguo hace acto de aparición y cualquier idea preconcebida se va por la borda. Una sombra de un equipo de filmación a medio metraje pone en guardia a un espectador confuso. Ni es arbitrario ni es un gazapo del equipo de producción de la película. Esa sombra es una pista para pasar a la siguiente pantalla que nos ha preparado la mente lúcida y perversa de Haneke. A partir de ahí el filme adopta un cariz malsano al considerar al propio director como el autor de las inquietantes grabaciones. Referencia explícita a la cuestionada libertad individual. Y ahí es donde radica el punto de vértigo de esta enigmática obra.

Si en Funny Games, Haneke rompía la cuarta pared acojonando al personal ante la gélida mirada de un adolescente, en Caché la tortura se antoja más sibilina. Los pasos apenas se escuchan pero la amenaza está presente en una atmósfera enfermiza que logra construir a través de prolongados planos fijos. Planos ante los que se requiere paciencia y sobre todo curiosidad. Planos que disparan preguntas y reciben respuestas mayormente subjetivas, como esos minutos que preceden a los créditos finales. La ambigüedad de ese fresco compuesto por un grupo de estudiantes poniendo el lacre a la misiva que Haneke ha firmado. ¿Nos encontramos ante una mirada optimista al futuro por parte de las nuevas sociedades? ¿Todo ha sido un nuevo divertido juego de adolescentes macabros? Nunca lo sabremos.

Lo que sí es evidente es que no podemos apartar la mirada. Somos conocedores del peligro pero desconocemos cómo protegernos. Ante el cine de Haneke nos encontramos en la intemperie. Nos manipula y nos abandona. Nos conduce al precipicio con una venda en los ojos y nos la retira. Su sadismo sólo conoce la cordura en la redención. En la autoflagelación, en la confesión de la culpa, encuentra nuestra libertad • Ulher


Título original Caché Año 2005 País Francia Director Michael Haneke Guión Michael Haneke Reparto Daniel Auteuil,  Juliette Binoche,  Maurice Bénichou,  Annie Girardot,  Lester Makedonsky,  Bernard Le Coq,  Walid Afkir,  Daniel Duval,  Aïssa Maïga

Sobre nosotros Ulher

En el cine hacer llorar en más fácil que hacer reír, o eso dicen. Sin embargo, cuento con los dedos de una mano las veces que una película me ha hecho inundar el salón. Una tarea complicada la de llegar al corazón. Wenders lo hizo en un peep-show y desde entonces estoy recuperándome. Más tarde llegó Tornatore y casi muero en el naufragio. Con Daldry aún estoy desatando el nudo que me provocó mientras no dejo de maravillarme con la grandeza de los viajes de Kubrick.Amante del cine desde que tengo uso de razón. Crecí con las marujas deslenguadas de Almodóvar. Mi psicólogo de cabecera responde al nombre de Aronofski y los domingos cierro las noches con Wilder.

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