EL TRIUNFO DE LA VOLUNTAD

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LA MIRADA NUNCA ES INOCENTE 

★★★★☆

El género documental es equívoco. Pareciera que siempre nos muestra las cosas tal cual son pero nos olvidamos que hay una esmerada puesta en escena y cuidada selección de lo que se ve, así como una intencionada omisión o descarte de lo que se silencia. Como un ejemplo señero tenemos la notoria obra de una mujer singular, Leni Riefenstahl (1902-2003): celebrada actriz durante la República de Weimar, pasó a ser luego directora durante los años treinta y referente inexcusable de la propaganda del régimen nazi con sus documentales sobre los congresos del Partido Nacionalsocialista orquestados en Núremberg y, sobre todo, por su magno díptico sobre los Juegos Olímpicos de Berlín. Aunque nunca desempeñó cargo orgánico alguno, la sombra de la infamia la persiguió durante toda su vida, tiñendo de deshonra cuanto acometió tras la caída de Hitler. Su vilipendiado legado ha creado escuela aunque nadie la nombre sin disculparse por lo perturbadora que aún resulta su figura.

Actualmente – donde los ecos de sociedad resultan más relevantes que las aportaciones culturales – es difícil calibrar la valía de esta mujer sin deslindar a cada paso entre su ideología y sus logros, como si la vida privada fuera su única aportación, lo cual va en detrimento de la cabal percepción de la obra que elaboró. Por ello procede ubicar esta cinta en su contexto histórico para comprender mejor su trascendencia y significado. Estamos a mediados de los años treinta, el cine apenas ha encontrado y explorado el sonido, por lo que debido a los pesados equipos sonoros requeridos, ha adolecido de un estatismo y una falta de inventiva pavorosa. Haciendo un buen uso del derroche de medios puestos a su disposición, consiguió dotarla de una fluidez visual y de una majestuosidad plástica sin parangón – en gran medida también debido al excelente montaje – y creó una iconografía reconocible que luego se ha repetido hasta la náusea. Ella lo logró utilizando múltiples cámaras móviles (sobre raíles), explotando el teleobjetivo para ofrecer impactantes panorámicas de los movimientos de masas, así como incluyendo imágenes aéreas.

Esto en cuanto a los rasgos técnicos. En lo referente al contenido lo más destacable (y para el espectador de hoy, lo más incómodo) es la exaltación de la figura de Hitler – que linda con la adoración – héroe omnipresente del evento, quien es presentado como la argamasa imprescindible para aglutinar al pueblo alemán y llevarlo a nuevas cuotas de poder y gloria. Conviene recordar que Alemania sufrió un humillante tratado de paz en Versalles (1919) que lo dejó desmoralizado y financieramente exangüe. Por lo tanto presenciamos el amanecer y entronización de un líder carismático, capaz de unir y hacer avanzar a un país aún malherido y deshonrado por la derrota en la Gran Guerra. Y estamos también ante la creación de toda una simbología iconográfica de notoria reminiscencias bélicas – movimiento coreográfico de masas, arengas, insignias y estandartes – que aún nos hielan la sangre.

Esto es lo que vemos, pero lo que permanece oculto, lo que queda fuera de campo, es el precio y coste de esta ensoñación grandilocuente: el encarcelamiento de los disidentes políticos, el comienzo del acoso y persecución de los judíos alemanes y de otros grupos étnicos engorrosos que mancillaban la homogeneidad y limpieza de sangre aria, el destierro fanático de la cultura y el descrédito de cualquier religión en aquella sociedad uniformizada y represiva. Es decir, asistimos a la política como plató, como función, como espectáculo, que aún perdura hasta hoy (aunque los líderes sean algo más cautos y pretendan ser menos mesiánicos). El pueblo convertido en masa solo asiste, escucha y aplaude, sin un atisbo de sentido crítico ni de disensión, solo se lo requiere para dar esplendor al conjunto y adornarlo.

Han pasado más de 80 años, pero revisar ahora este inquietante documental nos proporciona un caudal de reflexiones. La belleza de sus imágenes y la elegancia de su puesta en escena nos recuerdan y confirman que las atrocidades pueden tener ropajes muy variopintos, a veces seductores, a veces brutales. Las ideologías totalitarias son un cáncer que pervive hasta nuestros días, cambian de nombre, se travisten y maquillan pero su esencia liberticida, su afán por señalar y denunciar chivos expiatorios permanece intacta. Los persistentes circos mediáticos y telegénicos de nuestros políticos beben de aquellas ponzoñosas enseñanzas propagandísticas que denunciamos, sin dudarlo, cuando las percibimos en los demás pero que nos negamos a ver en nuestro propio bando, cegados por la afinidad ideológica. Sería deseable una mejor educación audiovisual y retórica para no caer en los mismos errores y horrores del pasado. A veces, renacer es morir. Fértil legado de una obra tóxica • Antonio Manero


Título original Triumph des Willens Año 1935 País Alemania Director Leni Riefenstahl Guión Leni Riefenstahl, Walter Ruttmann

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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