VINYL

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MACARRA, SUDOROSA Y ESTRIDENTE. EN FIN, MARAVILLOSA

Carlos Ortega

Lo último de HBO es una maravilla babilónica y estridente. Desde los propios créditos iniciales, orgiástica sucesión de granulosas imágenes en blanco y negro, sublimadas por esa macarrada gozosa que es el “Sugar Daddy” de Sturgill Simpson, hasta las atrevidas caracterizaciones ―algunas ciertamente logradas― de iconos tales que ―un poco a vuelapluma y sin ánimo de exhaustividad― Andy Warhol, Elvis Presley, Janis Joplin, Lou Reed, David Bowie, Robert Plant o Alice Cooper.

Aunque difícilmente pudiera haberse esperado nada de un perfil más bajo atendiendo a quienes son los progenitores de la inflamada criatura: dos megalómanos sin parangón como Mick Jagger y Martin Scorsese. Claro que, para el papel protagonista se han buscado a un tipo que no les va a la zaga en cuanto a ―sana, saludabilísima― arrogancia. Porque Bobby Cannavale se revela como un caníbal inmisericorde, un agujero negro supermasivo cuya exuberancia interpretativa devora a todo aquel que ose disputarle el plano. Su Richie Finestra constituye un despliegue inusitado de carisma italoamericano y hortera, si es que ambos epítetos, Sinatra nos perdone, pudieran deslindarse. Demasiado toro, por ejemplo, para el permafrost humano en base al que ha hecho carrera Olivia Wilde, aquí en el papel de antiguo figurín warholiano reconvertido en frustrada ama de casa. Si lo primero le pega, lo segundo me temo que no tanto. Sólo Ray Romano logra aguantarle el envite al arrollador Cannavale. Y ello pese a que verlo sorbiendo cocaína como un aspirador industrial y putañeando con la fruición de un Borbón dista de la imagen que durante casi diez años proyectara la popular “Everybody Loves Raymond” (Todo el mundo quiere a Raymond, 1996-2005).

En el capítulo de caras novísimas encontramos a un James Jagger cuya pinta de inadaptado social le dejaba dos opciones: que le robasen el bocadillo en el insti o montar un grupo de punk. Siendo hijo de quien lo es, imagino que no le habrá costado tanto como al resto de mortales realizar la fantasía de cualquier adolescente ―de los de antes―. En cualquier caso, su perenne ceño de doncel doliente revela a las claras que no ha heredado la expresividad de su padre. Más prestaciones ofrece la refrescante Juno Temple. La chica de los recados en que se encarna supone un sugestivo contrapunto feminista, reforzado con la aparición a media temporada de la creativa agresiva interpretada por Annie Parisse.

Es cierto que Vinyl recuerda en muchos aspectos a Mad Men (ídem, 2007-2015). Imposible negar la evidencia. Sin embargo, su decidida apuesta por el barroquismo formal y una sudorosa fisicidad la dotan de una personalidad lo bastante acusada como para sustraerse a la tentación de despacharla con el socorrido “más de lo mismo” en que se refugiará algún que otro crítico perezoso.

Mención aparte merece la explosiva ―no podía ser de otro modo― banda sonora. Mezcla de himnos imperecederos y acertados temas “ad hoc”, ilustra con brillantez el fecundo bastardeo de estilos ―jazz, blues, country, entre otros― del que desciende el rock and roll, origen a su vez de otros tantos subgéneros ―punk, rap, disco― que vieran la luz en aquellos despreocupados, salvajes setenta. Una década definitivamente a reivindicar, cosa que esta Vinyl hace de manera brutalmente sexy.

Sobre nosotros Carlos Ortega

A mí me criaron entre películas. De hecho, la colección de mi padre debe de sobrepasar, de largo, los dos mil títulos. Por cierto que malas, muy pocas. Años más tarde, sabedora de estas sospechosas inclinaciones mías, una novia me regaló una preciosa libreta moleskine, tamaño cuartilla, de crítico cinematográfico que no tardé en ponerme a garabatear. Como tampoco tengo empacho en compartir mis opiniones, una cosa ha llevado a la otra. En cuanto a mis preferencias, me remitiré a Orson Welles cuando, preguntado por las suyas, hizo la siguiente enumeración: John Ford, John Ford y John Ford.

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