LA NOCHE QUE MI MADRE MATÓ A MI PADRE

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JARANA NOCTÁMBULA ENTRE FARSA Y VODEVIL 

Antonio Manero

¿Dónde está la comedia española? ¿Para qué tanto drama, tanta congoja, tanta tragedia y tanta desmesura si a veces nos basta lo más sencillo e inmediato? Queremos reírnos, anhelamos reírnos, necesitamos reírnos. Pero qué difícil resulta toparse con los mimbres adecuados que nos permitan relajar el entrecejo y batir la mandíbula sin remordimientos ni contrariedad, dejándonos llevar por una propuesta impetuosa y bullanguera que nos reconcilie con los sinsabores cotidianos. Por ello bienvenida sea esta trapatiesta centelleante e irregular, llena de buenos momentos y otros desaprovechados, llena de estruendo, algarabía e intriga, colmada de maquinaciones y desafueros, ahíta de canapés y traspiés, de vivos, muertos y desconciertos.

Es una lástima que no acabe de cuajar del todo el proyecto, pero lo que hay resulta simpático y despierta la sonrisa – e incluso, a veces, la carcajada –y se agradece el intento por recuperar la comedia de enredo que parecía deportada del panorama patrio como si pesara una funesta condena sobre ella. Las virtudes de la cinta residen sobre todo en un elenco que está sembrado y abraza con convicción y entrega contagiosa el reto. Todos ellos están formidables en el ritmo, el gesto, la palabra y el lenguaje corporal, sin desfallecimiento alguno ni salida de tono. El engranaje actoral es soberbio y resulta todo un acierto el aire de sainete alocado que adopta, dotando de consistencia una trama demasiado sencilla y apenas desarrollada en un guión que no da la talla y se queda como mero armazón apenas bosquejado y anémico, que se queda corto para todo el gran talento histriónico desplegado.

Sobre todo es ese desacertado, indolente y lacio guión – demasiado endeble como para sostener tan ambicioso andamiaje – lo que acaba por lastrar el conjunto, aunque sin llegar a hacerlo descarrilar. Las situaciones están bien planteadas, pero faltan unos diálogos más chispeantes, unas escenas mejor trabajadas, una cierta capacidad de sorpresa que redondee el conjunto. Así la cadencia pasa de la irrupción volcánica al desconcierto atropellado o la abulia vacilante sin garra ni transición, produciéndose unas arritmias que no están bien resueltas ni enlazadas. El espectador espera y desea que la siguiente escena redima y supere a la anterior, pero es una promesa vana y yerma que se queda insatisfecha.

Pero gracias al excelente reparto y a algunos momentos logrados que parecen salvar las flaquezas recurrentes, la propuesta se ve con agrado. Explota una vena cómica, fresca y licenciosa que echábamos en falta y resulta encantadora y con duende.


Título original La noche que mi madre mató a mi padre Año 2016 País España Director Inés París Guión Inés París, Fernando Colomo Reparto Belén Rueda,  Eduard Fernández,  Diego Peretti,  María Pujalte,  Fele Martínez, Patricia Montero

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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