KIDS

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SON SÓLO NIÑOS 

★★★☆☆

Años antes de convertirse en director de culto y robar del bolso de Meryl Streep en los camerinos de David Letterman, Harmony Korine conocería a Larry Clark haciendo skate en un parque de Washington y escribió el guión de lo que sería el primer eslabón de su viaje a través del feísmo por la América profunda (Gummo, Julien Donkey-Boy…) en una deprimente e incómoda combinación empacada en formato parte documental sobre 24 horas en la vida de un grupo de adolescentes neoyorquinos.

No es casualidad que Kids parezca real. Independientemente de que dos de sus protagonistas desarrollaran carreras a posteriori (una desaprovechadísima Rosario Dawson y una fantástica Chloe Sevigny), el guión no termina de condicionar los comportamientos de actores no profesionales, chicos de la calle que esencialmente hacen de ellos mismos. Y tampoco es casualidad que sea sucia, porque en primer lugar Kent era un fotógrafo empeñado en hacer la gran película sobre la juventud americana que en sus propias palabras nadie se había atrevido a hacer. Le dijo a su director de fotografía, Eric Edwards, “mézclalo todo, que se vea sucio” para conseguir una textura pretendidamente granulada y oscura en cada fotograma filmado por una cámara absolutamente esquizofrénica que persigue a los protagonistas sin ignorar los objetos, coches y masas borrosas con los que se encuentran Telly y Casper mientras caminan sintiéndose los amos de las calles a base de mearse en ellas. El mundo es suyo: si tienen sed, roban cerveza; si tienen que moverse, se cuelan en el metro; si quieren colocarse, buscan un camello. Fumar hierba, agredir al dueño asiático de un ultramarinos, reunirse con otros skates, insultar a una pareja gay interracial por el parque y apalizar en grupo a un viandante negro. Simplemente porque si, porque pueden, porque les apetece y porque nadie les ha dicho que está mal hacer lo contrario. Y aunque alguien se lo dijera daría igual, son la imagen de una generación tan autoconvencida de que dominan el mundo explotando su propia libertad que no valdría la pena. En palabras de Clark, hablando de su propia adolescencia que exorciza en las imágenes del film: “no me atrevo a decir si lo que estaba haciendo estaba bien o mal, simplemente sabía que era una locura”. Porque si estás desde una posición de absoluta libertad e impunidad de tus actos, ¿por qué parar?¿por qué no seguir hasta cansarse del placer, de la adrenalina? Eso es Kids, una generación que antes de los 18 años ya cree haber descubierto toda la libertad y el placer que el mundo puede ofrecerles y se aburren. Y se destruyen por puro aburrimiento.

La mención a las razas de los personajes es tan circunstancial en esta crítica como en la película pues Clark muestra a adolescentes blancas besándose con negros, grupos completamente mixtos y una fiesta final donde niños negros fuman hierba y hablan completamente colocados de Jesucristo. La palabra “nigga” sale más de la boca de los protagonistas tanto o más que en una película de Tarantino sin significar absolutamente nada, porque más allá de ser personajes son estampas de una generación que a mediados de los 90 han “superado” el racismo de sus padres simplificando todo a la violencia, el sexo, la misoginia, la adicción… Apalizan a un negro, pero no son racistas, solo quieren golpear a alguien hasta dejarlo como un peso muerto ya que sus vidas propias y ajenas no son más que un juego.

En una época donde el sexo seguro era discutido constantemente pero no normalizado mediáticamente de ninguna forma, los protagonistas son víctimas de su propia ignorancia. En un escenario tan contradictorio como Nueva York a mediados de los 90, donde la iglesia católica se oponía fuertemente al uso de preservativos mientras que los centros de planificación familiar repartían preservativos en los institutos bajo las quejas de las asociaciones de padres, el protagonista porta el SIDA sin saberlo y tiene la injustificable pero casi comprensible idea de que practica sexo seguro “porque solo folla con vírgenes” (siendo este el punto de partida de la película, el protagonista se ha propuesto desvirgar a dos chicas de 12 años en 24 horas). No tienen nada en la cabeza, pero no lo necesitan. Tampoco lo quieren. Viven completamente al margen de la mirada de unos adultos que directamente no se han molestado en mirarlos (la única adulta que aparece en toda la película es la madre del protagonista y ni siquiera cruza una mirada con su hijo ni su amigo durante toda la escena.)

Y el SIDA nos lleva a Jennie, que paralelamente a las 24 horas de vivir en la nada de Telly y Casper, tiene una línea argumental que va más allá de la progresión de imágenes del nihilismo adolescente y consigue empatizar con el espectador: tiene SIDA, Telly la ha contagiado cuando la desvirgó y sabe que él no solo no sabe que porta la enfermedad, si no que va a contagiar a más chicas sin siquiera saberlo. Este es el punto donde podemos decir que Kent muestra la película y Korine la narra. La trama de Jennie consigue perfilar a un personaje que llega a importarte, la maravillosa interpretación de Sevigny está más condicionada por el guión y no por la improvisación y su carrera contra el tiempo para salvar a otra chica de la enfermedad agiliza narrativamente la película.

Mientras una mitad de la película son escenas de una juventud de skaters (colectivo que en los 90 era tratado como gente ilegal, los adultos y la policía los odiaban y la brecha intergeneracional, la libertad y la sensación de “ser un el puto amo” que venía con pertenecer a él era enorme), la trama de Sevigny es más reflexiva y no por ello menos deprimente, con la presencia del otro único adulto en la trama, un taxista que le narra su propia adolescencia y le deja con el consejo de “If you want to be happy, don’t think”. ¿No es acaso lo que ya están haciendo?¿No es precisamente vivir de acuerdo de esa frase lo que la ha llevado a su situación? En ese momento el guión de Korine iguala todas las generaciones: todas las generaciones han visto en el nihilismo una forma de libertad al pasar por la adolescencia. La falta absoluta de responsabilidades como la libertad. Director y guionista vivieron unas adolescencias de pesadilla porque conocen la cara más oscura de “vive hoy como si no hubiese mañana”, pero tampoco reniegan que se lo pasaron en grande viviendo así y esto constituye la obsesión de ambas de sus filmografías.

Precisamente la negativa de la película de mostrar sin condenar moralmente todo lo que pasa es lo que la hace más impactante: es lo suficientemente gráfica para incomodar, libre de personajes, discursos o reflexiones redentoras de los actos de los personajes, conservando las sordidez de cada conversación pero distanciándose lo suficiente del material para no ser explotado. Son fotografías donde la felicidad no existe y la adolescencia viene de la mano con un vacío a llenar como sea y el sufrimiento. Y sobre todo, no hay cabida para la esperanza. Los protagonistas de Kids viven en un vacío donde los actos de autodestrucción son rutina cotidiana, su futuro está vacío porque es el momento que están viviendo y lo están destrozando. Y nos les importa. No es casualidad que el filme acabe en una fiesta, es lo perfecto para olvidar, despertarse al día siguiente como si nada hubiese ocurrido y que el mundo siga girando Javier Palma


Título Kids Año 1995 País Estados Unidos Director Larry Clark Guión Harmony Korine Reparto Leo Fitzpatrick,  Justin Pierce,  Chloë Sevigny,  Sarah Henderson,  Rosario Dawson, Joseph Chan,  Sajan Bhagat,  Billy Valdes,  Christian Bruna,  Harold Hunter,  Carisa Glucksman,  Jon Abrahams,  Alex Glen,  Johnathan Staci Kim,  Stefanie Marco

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