ESPECIAL DOUGLAS SIRK / IMITACIÓN A LA VIDA

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REFLEJOS Y CORTEJOS: EL INUTIL E INIMITABLE AMOR DE MADRE

Antonio Manero 

Nueva York, 1947. Una ambiciosa y briosa aspirante a actriz – viuda, sin empleo, de buen ver y con una hija – conoce de forma fortuita a una laboriosa mujer negra y a su hija mulata que no tienen dónde pasar la noche. En un pronto las acoge en su casa y la contrata como criada, pese a sus notorias estrecheces económicas. Juntas forman un tándem infalible y la suerte de ambas mejora. Al mismo tiempo la ávida actriz inicia una relación sentimental con un fotógrafo que la idolatra, pero el éxito y su afán laboral hacen mella y el vínculo se deteriora mientras los problemas domésticos se amontonan: la hija de la artista se siente abandonada por su madre y se refugia en la criada que la proporciona cariño, calidez y apoyo. A su vez, la hija mulata crece con la obsesión de pasar por blanca y reniega de su madre negra. Casi todos quieren lo que no tienen y malversan lo que está al alcance de su mano.

En palabras del propio Douglas Sirk: “El espejo es la imitación de la vida. Lo interesante del espejo es que no te muestra tal como eres, te muestra tu propio opuesto.” Y también: “Imitation of Life es más que un título bueno, es un título maravilloso; hubiese hecho la película sólo por el título, porque está todo aquí, el espejo y la imitación.” Toda una declaración de principios que resume el enfoque estético del relato. Apariencia y realidad, ejes que vertebran este relato folletinesco, el más exitoso de su filmografía y que supondrá su despedida de Hollywood. Lo aparente es el brillo, el fulgor, lo obvio, la superficie de las cosas, pero el mundo es complejo y sibilino, contiene sombras, aristas, falsedades y dobleces, disimulos y mentiras. Quedarse solo en la fachada es quedarse con lo epidérmico, con la imagen, con la mera imitación pero no con la esencia ni con el alma. La mirada del otro, de los demás, condiciona nuestras vidas, cómo nos ven y perciben determina nuestro destino.

Estamos ante el típico producto comercial que tras su estética de consumo trivial esconde fértiles reflexiones sobre los pliegos y dobleces de la realidad. La apariencia señorea a sus anchas pero tras lo exterior anida todo un entramado de tensiones, sobreentendidos, complicidades y servidumbres que condicionan y amargan. Somos prisioneros de la imagen que los demás se hacen de nosotros y resulta imposible escaparse de lo normativo sin causar algún destrozo. Vivir sólo en la vacuidad de la imagen conlleva la pérdida de nuestro equilibrio. Querer subvertir lo real cosecha dolor y decepción, es perseguir una imagen inalcanzable por idealizada, sin anclaje alguno. La no aceptación es vivir una imitación fabulada. Los estigmas que creemos tener son fruto de la mirada de los demás y no tienen su origen en nosotros mismos. Por ello destaca el inteligente uso de los espejos – o de los reflejos – que ilustran ese desdoblamiento entre lo que hay y lo que deseamos que haya. Es una primorosa construcción de contrastes o dicotomías: apariencia y realidad, negro y blanco (el color de la piel), la ceguera y la vista (aceptar o no el mundo objetivo), éxito y fracaso (que no son cómo imaginamos: el aplauso atronador pero estéril o la profundidad de una vida humilde), el amor y el desamor, la infancia y la edad adulta.

El drama se cierra con la majestuosa secuencia del cortejo fúnebre. Nada queda resuelto, no se reestablece ningún equilibrio, sino que señala el desenlace fatal al cual estamos abocados: lo inexorable. La brillantez y espectacularidad de dicha escena echa por tierra e invalida todo el oropel precedente, lo vacía de significado. Esta representación anula el rutilante candelero que se ha perseguido con tanto ahínco. Entonces las lágrimas vertidas se vuelven verdaderas.


Título original Imitation of Life Año 1959 País Estados Unidos Director Douglas Sirk Guión Eleanore Griffin & Allan Scott Reparto Lana Turner,  John Gavin,  Susan Kohner,  Sandra Dee,  Dan O’Herlihy,  Robert Alda, Juanita Moore,  Mahalia Jackson,  Terry Burnham,  Karin Dicker,  Troy Donahue

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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