FUNNY GAMES

FUNNY2

REBOBINANDO PESADILLAS

★★★★☆

Recuerdo como si fuera ahora la noche en la que decidí enfrentarme por primera vez a Funny games de Michael Haneke.  Una experiencia como esa es de las que no se olvidan así como así.  En mi caso, puedo hablar de una experiencia casi traumática hasta el punto de que no necesito volver a pasar por ella. No quiero. Y quizá lo que me pasa es que en el fondo tampoco puedo. No me importa confesar que la noche en la que decidí enfrentarme por primera vez a Funny games no dormí muy bien, y que a la mañana siguiente me juré a mí mismo que una y no más, que pasaría mucho, mucho tiempo antes de darle a la película una segunda oportunidad. Es probable, ahora que lo pienso, que ésta no llegue nunca. Pasan los años, reviso otros Hanekes sin demasiados remilgos, algunos me desasosiegan tanto como el primer día,  pero continúo sin atreverme a revisitar Funny games. Sigue ahí, como un incómodo tabú. Cada vez que Binoche y Auteil recibían un video anónimo en Cache se quedaban paralizados, les aterraba la idea de acercarse al sobre y abrirlo ante la perspectiva de lo que podían encontrar dentro. Yo siento algo muy parecido ante Funny games.

Como dirá años más tarde la Enmanuelle Riva de Amour, el cine de Michael Haneke duele. Al director austriaco le gusta dar donde más daño puede hacer. Nadie diría que detrás de esa barba cana y de esa apariencia de intelectual afable y tranquilo se esconde uno de los mayores pirómanos del cine contemporáneo. En algunos otros francotiradores del panorama actual, la provocación es pura pose. El elemento perturbador en muchas de las películas de los Von Trier, Carax y compañía nace de símbolos y elementos oníricos que a menudo sólo ellos parecen conocer. Haneke, por el contrario, parte de realidades más próximas y cotidianas, y el efecto es mucho más letal. A este señor le gusta interactuar con sus espectadores, jugar con ellos, ponerles en el disparadero hasta lograr que se den por aludidos directamente. Zarandea el árbol que somos hasta que caen al suelo nuestros principios más inquebrantables. Nos señala con el dedo, y si puede, nos lo mete en el ojo hasta hacerlo sangrar. El cine de Haneke no habla de quienes decimos o aparentamos ser; habla de quienes en realidad somos con un lenguaje que rebasa los límites de lo políticamente incorrecto y llega hasta lo más irracional y primario. Una película de Haneke nunca es un ejercicio de provocación de cara a la galería. Es un juego psicológico entre él y su público, un juego demasiado perverso a veces. En el caso de Funny games, he de reconocer que Haneke me ha ganado ampliamente la partida y me ha dejado sin argumentos con los que rebatir su triunfo. Una jugada maestra que me deja devastado y ante la que sólo puedo levantarme y aplaudir.

Si tengo que relacionar Funny games con un género cinematográfico no me lo pienso dos veces y digo cine de terror. Lo que me cuenta Haneke me provoca mucho más que mera repugnancia, me inquieta, me da miedo. No es una representación del terror como suelen ser la mayoría las muestras del género, referenciales muchas de ellas. Es el terror más cotidiano, y por ello, aunque sea una redundancia y un perogrullo, el más terrorífico. En el fondo sólo es cine, una convención, el propio Haneke se encarga de recordármelo con la terrible secuencia del mando a distancia. Pero algo más habrá cuando no logro quitarme la película de la cabeza después de tantos años. Y cuando sé que su recuerdo me perseguirá siempre • Juan Solo


Titulo original Funny Games Año 1997 País Austria Director Michael Haneke Guión Michael Haneke Reparto Susanne Lothar,  Ulrich Mühe,  Arno Frisch,  Frank Giering,  Stefan Clapczynski,  Doris Kunstmann

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