Especial DOUGLAS SIRK / OBSESIÓN

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EXCESO OBSESIVO O LA FE EN LA REDENCIÓN

Antonio Manero

Debido a su propia irresponsabilidad, un joven, prepotente y caprichoso millonario, sufre un accidente náutico. Por salvarlo, muere un admirado y laborioso médico. Su viuda descubre que se encuentra en una situación económica precaria debido a la filantropía de su marido. En un atisbo de remordimientos, el balandrón quiere darle dinero a la viuda, pero sólo consigue provocar su ceguera debido a un fatal accidente de coche. Eso desencadena el intento de redención por parte del calamitoso playboy, retomando sus estudios de medicina con la esperanza de compensar la aciaga cadena de infortunios que ha causado. Además, sirviéndose de la ceguera de la desdichada viuda, entablan una creciente amistad que desemboca en romance, pero al descubrir la verdad, ella desaparece. Pero el destino es más fuerte que la voluntad: el redimido creso – ahora un prestigioso neurocirujano – consigue salvarle la vida y devolverle la vista…

En palabras del propio director: “Había algo irracional que me atraía. Algo demencial, en cierto sentido obsesivo, porque ésta es una maldita historia sin sentido…” Y, sin embargo, tras esa trama desaforada late una excelente muestra del talento en la puesta en escena de Douglas Sirk. Por ejemplo, durante la primera mitad de la película se recalca el contraste entre un personaje vivo y baldío (el joven magnate) y un hacendoso personaje muerto, siempre fuera de campo aunque en boca de todos, y evocado con reverencia y respeto (el médico fallecido). Es el anverso y reverso sobre el que gira la narración. Representan la encarnación y la oposición entre la oscuridad y la luz, alegoría sobre la que gravita la historia. Por ello la ceguera accidental de la viuda ahonda en esa senda tenebrosa que se debe de recorrer hasta llegar a la cegadora iluminación final. Antagonismo entre lo que se ve y lo que no, disparidad entre lo que se sabe y lo que se desconoce. Por ello se equipara (no sin cierto empalago para el gusto actual) luz y fe, como si fueran un fruto indisoluble. En este contexto cabe destacar la presencia iconográfica de un bondadoso personaje que hace la vez de dios padre: supervisa y aprueba desde las alturas el milagro final, como si de un pantocrátor medieval se tratara.

Una de las estrategias adoptadas por Sirk es la de recalcar el tono de culebrón enloquecido, acentuando las costuras melodramáticas que configuran el relato. Por una parte la profusión de flores y floreros (en especial, en ese empalagoso y remilgado primer beso), los decorados que muchas veces son meros fondos pintados y que no se pretende disimular o velar, y que contrastan con la delicada planificación cuando trata de los genuinos y hondos sentimientos de sus personajes, en los que deja a la cámara en discreta distancia, escondiendo con visillos o cristales al personaje observado, acentuando así su desolación y aislamiento. Y otra característica es la utilización de ciertos símbolos que dotan de unidad visual al relato, siendo el más señalado la imagen del lago como encrucijada: muerte, amor e ilusión.

Si bien la trama provoca en el espectador actual cierta sonrisa indulgente por sus excesos folletinescos, no cabe duda de que sirve de perfecta muestra de cómo la forma trasciende el fondo y le confiere un empaque y virtuosismo dignos de resaltarse.


Título original Magnificent Obsession Año 1954 País Estados Unidos Director Douglas Sirk Guión Robert Blees Reparto Jane Wyman,  Rock Hudson,  Barbara Rush,  Agnes Moorehead,  Otto Kruger,  Helen Kleeb,  Paul Cavenagh

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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