ESPECIAL DOUGLAS SIRK / ESCRITO SOBRE EL VIENTO

 ESCRITO4

FANGO Y TORMENTO ENTRE TORRES DE PETRÓLEO

Antonio Manero

Una rica familia tejana debe su fortuna a los pozos de petróleo explotados por su patriarca anciano y viudo. Sus vástagos – un hijo disoluto, alcohólico e imprudente y una hija ninfómana, lujuriosa y deslenguada – han crecido entre algodones y toneladas de dinero, en una imponente y fría mansión carentes de atención y con notorias lagunas afectivas. Completa el cuadro el mejor amigo de ambos, un hombre atractivo, honesto e idealista, sin dinero, y que es el empleado leal del hijo botarate. Los tres se conocen desde niños, por lo que no hay margen para disimulos ni pretensiones. Ambos se enamorarán de la misma mujer, pero será el rico heredero el que se case con ella y durante un tiempo parece que se ha obrado el milagro, consiguiendo reformar a su marido que retorna al negocio familiar. Pero esta invasora  presencia femenina desata los celos de la caprichosa hermana, que se ve desplazada del centro de atención. Así va creciendo la tensión entre frustraciones y pataletas hasta el clímax fatal (ya avanzado al comienzo de la cinta, que deviene así en suntuoso flashback mórbido).

Dijo Douglas Sirk: “El fracaso es uno de los pocos temas dramáticos realmente apasionantes”. Y también “El éxito no me interesa”. Y ningún ejemplo mejor que Escrito sobre el viento, uno de sus más grandes y reconocidos melodramas. Estamos ante una historia de decadencia, envilecimiento y descomposición, un semillero prototípico de riqueza y poder donde hay de todo en abundancia pero donde no germina el amor (es decir, la carencia en la opulencia). La impotencia no es sólo metafórica sino, ante todo, física y funesta.

Quizás sea esta cinta la que mejor ilustre las cualidades y bondades del cine de su autor, ya que resume la mayoría de sus rasgos, obsesiones y temas: la pujanza y su ocaso, la frustración amorosa, el uso dramático del color, el empleo de los espejos como desdoblamiento y también profundidad de campo, los objetos y los decorados que cumplen una perspicaz función narrativa, la sutil, creativa, estilizada y hasta expresionista utilización de la fotografía para subrayar la dramaturgia, etc. Hay que estar atentos a lo que late bajo la superficie, ya que las apariencias son siempre engañosas…

El virtuosismo visual es admirable. Ya desde el potente arranque en que un bólido amarillo recorre como una eyaculación fallida un paisaje árido y ahíto de las torres petrolíferas (símbolos fálicos nada inocentes que determinan tanto el poder que proporciona el líquido elemento como demarcan la cárcel vital que aprisiona a sus protagonistas) estamos ante un juego perverso de significados. O también la escena del bar entre los tres protagonistas, en la que la esposa y el mejor amigo van en busca del marido alcoholizado, donde la planificación y el color – ese rojo que va llenando el encuadre como presagio del conflicto – vaticinan el irremediable encontronazo a punto de estallar. Finalmente, ese montaje paralelo durante el enfrentamiento entre los dos amigos, mientras la hermana baila alocadamente en su habitación. No hay necesidad de diálogos explícitos, sino sólo encadenar imágenes y sonidos combinados con inteligencia. El drama como crescendo óptico.

Décadas después, la televisión utilizó un contexto parecido para dos series de notorio y perdurable impacto social: Dallas (1978-1991) y Dinastía (1981-1989). Ya lo dejó dicho Rainer Werner Fassbinder: “Si hubiera conocido antes su cine, mis películas hubieran sido mejores”. No cabe mayor elogio sobre el maestro del melodrama.


Título original Written on the Wind Año 1956 País Estados Unidos Director Douglas Sirk Guión George Zuckerman Reparto Rock Hudson,  Lauren Bacall,  Robert Stack,  Dorothy Malone,  Robert Keith,  Grant Williams,  Harry Shannon

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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