ESPECIAL DOUGLAS SIRK / ÁNGELES SIN BRILLO

ANGELES2

CREPÚSCULO, TURBIEDAD, DESARRAIGO Y ESPERANZA

Antonio Manero

Un taciturno piloto – excombatiente en la Primera Guerra Mundial – malvive ahora haciendo acrobacias con su avioneta, poniendo en peligro su vida con un espectáculo de exhibición. En uno de esos eventos, un periodista local se interesa por él, siendo testigo de su decadencia, de la frustración de su mujer (a la que trata a patadas) y de los padecimientos de su hijo (que nadie está seguro de quién es) debido a las bromas que hacen a costa de su desvencijado padre. Éste, sin embargo, no ceja en la búsqueda de una oportunidad que le permita redimirse y demostrar que aún puede alcanzar alguno de sus sueños. Es el año 1932 – la gran depresión – y como telón de fondo la decadente ciudad de Nueva Orleáns en pleno carnaval, habitada por máscaras de la muerte. Es decir, estamos ante una historia sin brillo, mate, empañada y descolorida.

En palabras de Sirk: “Los niños representan un mundo que está ocupado en mirar a otro que se degrada, y que aún no sabe si su suerte será la misma…” Es decir, estamos ante una cinta sobre la fatalidad y la degradación y ante un alarde de planificación. Tenemos la imagen del círculo: encadenados a la funesta rueda de la vida, atrapados por la noria del parque de atracciones (desde la que el hijo presenciará impotente el impacto de la muerte), espantados por los vuelos radiales de los imprudentes aviadores, aturdidos por los bailes carnavalescos y concéntricos que no tienen sentido. Por otra parte está el contraste entre los opresivos y expresionistas interiores donde, casi siempre de noche, se va cociendo el drama y los no menos sofocantes y claustrofóbicos exteriores diurnos, donde la muerte acecha, donde no hay una salida reconocible, como si no hubiera ninguna escapatoria a la noche y al espanto.

Otros hitos: la formidable fotografía en blanco y negro, que difumina el horizonte porque es una historia sin futuro, mientras que ofrece en puntillosa profundidad de campo cada grieta, cada pared descascarillada, cada pormenor del declive humano, del hambre y de la miseria. Esos hábiles y violentos contrastes elevan la desquiciada trama al mundo irreal de las pesadillas de las que uno no despierta nunca. Esos cristales mugrientos y esas claraboyas opacas, como empañados de tristeza y velados por el fracaso que se interponen entre el ojo del espectador y los personajes, encuadrando y vaticinando el fin inminente de una existencia sin esplendor ni rumbo.

Dorothy Malone nunca ha estado más física, obscena, táctil, voluptuosa y extraviada como aquí. Robert Stack da vida al fracaso, la quintaesencia de lo que un supuesto héroe de guerra ha perdido: su futuro. En su mirada, en su andar, en sus modales queda reflejado que no existen los héroes, sino sólo supervivientes. Rock Hudson mira desde el fondo de su vacuo coma etílico perenne y hace de mentecato torpe y alelado que desea a la mujer equivocada por los motivos equivocados y al final lo pierde todo en un falso final feliz que no es sino la carcajada burlona del destino.

Resumir su grandeza ofuscada es tarea imposible. Su ambigüedad sucia es tóxica como los lubricantes. Su desenlace patético arrebata toda dicha. Ofrece un espejo (deformante) en el que ver los claroscuros de la existencia, donde éxito y fracaso son las dos caras de una misma moneda. Y para colmo de ironías se puede ganar o perder a una esposa en un juego de dados amañado.


Título original The Tarnished Angels Año 1957 País Estados Unidos Director Douglas Sirk Guión George Zuckerman Reparto Rock Hudson,  Robert Stack,  Dorothy Malone,  Jack Carson,  Robert Middleton,  Alan Reed,  Alexander Lockwood,  Chris Olsen,  Robert J. Wilke,  Troy Donahue,  William Schallert,  Phil Harvey

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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