NARCOS

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PLATA Y PLOMO 

Carlos Ortega

Entretenidísima, muy sugestiva aproximación de Netflix a la celebérrima figura de Pablo Escobar, narco por antonomasia, en especial desde que la DEA comenzara a interesarse por su pellejo forrado de billetes. Ello permite a los responsables de la serie el establecimiento de dos tramas que, con su discurrir entrelazado, dotan de enorme dinamismo al desarrollo de la historia. De un lado, efectivamente, el surgimiento, consolidación y lucha por la supervivencia del imperio de Escobar, amenazado desde cada vez más frentes y progresivamente acorralado; del otro, la indesmayable persecución llevada a cabo por dos agentes antidroga estadounidenses. Todo lo cual en el marco de una Colombia corrompida hasta las entrañas por el dinero de la cocaína.

Más allá del inteligente manejo de la intriga, de la pericia ―notable― con que se ejecutan las abundantes escenas de acción, y del bizarro sentido del humor que dimanan los hiperbólicos hábitos de algunos de aquellos mafiosos sin pudor ni complejos, Narcos destaca por la hondura psicológica que alcanza en el retrato de sus protagonistas; principalmente, cómo no, en el de Pablo Escobar, indiscutible centro de gravedad argumental, igual que en su día lo fuera de su país y del continente todo. Encarnado por Wagner Moura, su papel se aleja de las mímesis algo ortopédicas a que las inmensas posibilidades del maquillaje y las prótesis faciales nos han venido acostumbrando y, apoyándose en las lógicas dificultades que para un brasileño como él debe de ofrecer la ―a menudo indescifrable―  dicción “paisa”, entrega un trabajo muy particular, haciendo suyo un personaje archiconocido sin que, por el camino, éste pierda un ápice de su carisma. No le va a la zaga el agente Steve Murphy compuesto por Boyd Holbrook, en cuyo caso asistimos a una bien dosificada evolución, o cabría quizá hablar de involución, por cuanto el relamido “Airgam Boy” recién aterrizado en Bogotá de los primeros episodios atraviesa un proceso de deshumanización radical hasta acabar convertido en el cazador cínico e implacable de los últimos, transformación que se refleja en sus palabras y en sus actos, evidentemente, pero también, y esto la hace más dramática ― terrible incluso, si se quiere― en la mirada, entre decepcionada y temerosa, con que comienzan a observarlo tanto su esposa como su compañero de fatigas ―interpretado por un Pedro Pascal bastante recuperado de la somanta a que lo sometiera Ser Gregor Clegane, alias la Montaña Que Cabalga, en el cierre de la cuarta temporada de Juego de Tronos.

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Insisto que, sin menoscabo de la correctísima factura con que Narcos se engalana a todos los niveles, su repudio del cliché y la decidida apuesta por unos personajes corrosivamente poliédricos son lo que, a mi juicio, la hace volar a una altura equiparable a la de los grandes títulos de la tan traída “Edad Dorada” de la televisión. Y no es mérito menor, pues el riesgo de incurrir en maniqueísmos de opereta ―bien de un signo bien del otro, eso me da igual― se dispara cuando se tiene entre manos material todavía candente como éste ―para muestra el oportunista encuentro entre Sean Penn y “El Chapo” Guzmán en la “Rolling Stone”, hace apenas nada.

La peripecia vital de Escobar invita a esperar una segunda y última temporada que, según tengo entendido, está ya rodándose. Me alegro. Porque la tendencia a alargar las series de éxito hasta el hartazgo puede resultar comprensible a efectos dinerarios, aunque no suele encontrar justificación artística equivalente. O sea que salvo inoperancia sobrevenida, Narcos no decaerá. No le va a dar tiempo. Y eso supone mayor valor añadido, si cabe.|✭✭✭✭✭✭✭✭✭✭|

Sobre nosotros Carlos Ortega

A mí me criaron entre películas. De hecho, la colección de mi padre debe de sobrepasar, de largo, los dos mil títulos. Por cierto que malas, muy pocas. Años más tarde, sabedora de estas sospechosas inclinaciones mías, una novia me regaló una preciosa libreta moleskine, tamaño cuartilla, de crítico cinematográfico que no tardé en ponerme a garabatear. Como tampoco tengo empacho en compartir mis opiniones, una cosa ha llevado a la otra. En cuanto a mis preferencias, me remitiré a Orson Welles cuando, preguntado por las suyas, hizo la siguiente enumeración: John Ford, John Ford y John Ford.

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