EL RENACIDO

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LA OBRA MAGNA DE ALEJANDRO

por Ulher

Resulta complicado el proceso de creación cuando el arte no responde a un sentimiento, cuando se corrompe la naturaleza de la autenticidad, en definitiva, cuando subyace a otros intereses. Desde su anterior y laureada obra, Birdman, Alejandro González Iñárritu ha sufrido una notable pérdida de identidad. Más preocupado por el continente que por el contenido, por una fachada deslumbrante en pro de una desgastada escalera. Lejos quedan las delicadas autopsias sobre el dolor en las que cada plano, cada frase aupaban la historia hasta rozar la belleza más incomprensible. Un cine imperfecto, menos definido, pero racial. No puede negarse que ahora no suframos de síndrome de Stendhal, más bien es inconcebible, porque para ello se han alineado los astros en perfecta comunión. Iñárritu se ha marcado un tanto importante con la colaboración de su compatriota, Emmanuel Lubezki, prodigioso director de fotografía, empedernido trilero de la luz, y verdadero protagonista de The Revenant. Y es que el último trabajo de Iñárritu vuelca toda su fuerza en la opulencia de las imágenes alimentadas de una luz natural, eficazmente seleccionada, bañando cada escena de una hermosura que asusta. Ahora inunda las pantallas con precisión, fiereza, para hacer un retrato nada intimista de la figura del hombre frente a su origen. La naturaleza como el otro.

The Revenant seduce al espectador desde una impotente primera escena a la que da pistoletazo de salida un plano secuencia que surge de las gélidas aguas de un amenazante río. La cámara se sabe elegante, sus movimientos coreografiados hasta la extenuación no dejan ningún recodo por cubrir. Todo está orquestado desde el milímetro y, aun así, no se percibe frialdad. La labor de Iñárritu como director adquiere aquí todo su significado, sin embargo, cuando el relato se aleja de esa lucha del hombre contra la fuerza de la naturaleza y se vuelve más místico homenajeando a Tarkosvki o transcribiendo a Malick, pierde fuerza narrativa, la cual no tarda en recuperar al centrarse en la venganza del héroe. Porque eso es The Revenant, un actualizado western que sigue a rajatabla los códigos del género. La advertencia de peligro siempre está latente aunque el ritmo se antoje lento para una cinta con semejante acabado. Las miradas de los personajes, desconfiadas, y sus pasos premeditados conviven con una melodía alarmante.

Estamos ante la obra más ambiciosa, excesiva y épica de Iñárritu. Tanto como la interpretación de un excelso Leonardo Dicaprio, cuyo desgarro traspasa la pantalla confiriendo a la cinta una entrega y valía respetables. Tal vez se espere más acción, puede que su exceso de metraje constituya un obstáculo o que el espectador se quede obnubilado ante su poderío visual sin poder regresar al filme pero ante todo The Revenant es puro deleite sin mayor intención de crear cátedra. Cine de aventuras, disfrute evasivo.|✭✭✭✭✭✭✭✭✭✭|


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EL OSO ES LA ACADEMIA 

por Carlos Ortega

Tremenda aproximación al género ―tanto que casi cabría hablar de irrupción atronadora―  del siempre estimulante González Iñárritu.

Cuestiones etimológicas aparte ― “El no-muerto” hubiera correspondido mejor al sentido original del término “revenant”, aunque entiendo el matiz vampírico de aquél y el riesgo de confusión subsiguiente―, estamos ante una película superlativa, y no sólo en cuanto a su generoso metraje ―los 156 minutos  que se alarga la criatura pondrán en guardia a más de uno, sobre todo tomado en consideración el anhelo de inmediatez que nos vienen inoculando las nuevas tecnologías de idiotización.

De parentesco obvio con el western contracultural de los 70 ― A Man Called Horse (Un hombre llamado caballo, 1970), Jeremiah Johnson (Las aventuras de Jeremiah Johnson, 1972) y, en especial, A Man in the Wilderness (El hombre de una tierra salvaje, 1971), de la que parece “remake” sumamente afortunado―, The Revenant nos sumerge en un inolvidable torbellino de imágenes poderosísimas, perdidos junto al sufriente protagonista en mitad de la feroz naturaleza norteamericana, paraíso e infierno a un tiempo, devoradora de hombres y creadora de mitos.

La fotografía a cargo de Emmanuel Lubezki es un prodigio, tanto en estático como en las abundantes escenas de acción, ejecutadas con una brillantez difícil de igualar ―la escaramuza que desata la tormenta de desdichas constituye un ejemplo palmario de la maestría de sus responsables y motivo de gozosa angustia para el espectador, inmerso como pocas veces antes en semejante intercambio de tiros a quemarropa y flechazos traperos―. Conviene señalar, además, que la cinta se rodó únicamente con luz natural, cosa que, convendrán conmigo, multiplica su mérito.

Más allá de la infinidad de bondades técnicas que engalanan a The Revenant, González Iñárritu manifiesta un hondo conocimiento de los códigos aventureros; de manera que, sin renunciar al intercalado de algunos pasajes más oníricos que introspectivos, desarrolla una historia de alta tensión que da muy poco respiro al espectador, en quien parece querer inducirse un desasosiego comparable al padecido por ese “último superviviente” decimonónico que encarna un Leonardo DiCaprio al que la Academia lleva años maltratando casi tanto como el oso ―en rigor, la osa― de la película.

Hablando de lo cual, y ya para acabar, parece que este año sus resentidos “compañeros” de profesión van a bajarse del burro y obsequiarlo con el Oscar que durante tanto tiempo se le ha negado. No sé si el “ecce homo” que aquí compone será mejor o peor papel que otros por los que ha sido sistemáticamente ninguneado, o si su pellejero vapuleado y sediento de venganza será rival para el mucho más agradecido transexual que le ha caído en suerte a Eddie Redmayne, pero no cabe duda de que, si no la estatuilla dorada, unas vacaciones sí se ha ganado el muchacho. Porque vaya colección encarnizada de trabajos que le envía el Señor. No desmerece, por su parte, el antagonista, no tan pérfido como turbio, interpretado por un Tom Hardy que va acumulando roles de enjundia a un ritmo sostenido y que aquí se adorna con el valor añadido de un acento americano cerrado que, evidentemente, no es el suyo.

En fin, sólo añadiré que, acabada la función, me tanteé el cuerpo, como si el instinto me dictase comprobar que todo seguía en su sitio tras el agónico viaje al que había asistido, y descubrí que estaba sudando como un pollo. Seguro que no he sido el único.|✭✭✭✭✭✭✭✭✭✭|


 

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CÓMO SOBREVIVIR A BIRDMAN

por Juan Solo

En el plazo de unos pocos años, Alejandro González Iñárritu ha pasado de ser un virtuoso del guión y de la narración a ser un virtuoso de la cámara y de la imagen. De aquellas historias cruzadas, y continuos saltos temporales hacia delante y hacia atrás con Arriaga, hemos pasado a El renacido, un relato más bien plano sobre los instintos más básicos del ser humano, supervivencia y venganza, una de esas típicas historias “bigger tan life” en la que el director mexicano se propone contarnos lo que siempre nos han contado de una forma en la que nadie nunca antes lo ha hecho. Y en la que el dominio de la técnica y de la imagen termina imponiéndose a todo lo demás.

Y es que Birdman supuso un gozoso oasis en la carrera del realizador. Probablemente, estábamos ante el Iñárritu exhibicionista de siempre y que también tenemos aquí, pero apenas se notó. Ahí sí que había un perfecto equilibrio entre continente y contenido, una historia cargada de ironía y sarcasmo coronada por un impecable acabado técnico. Y viceversa. Es más, había partes de Birdman en las que te olvidabas incluso de que estabas dentro de un (falso) plano secuencia. Todo fluía, sólo había que dejarse llevar. En El Renacido no ocurre así; su director te obliga a estar en alerta permanentemente, esperando cuál va a ser la próxima filigrana con la que te dejará boquiabierto.

Así que todo es mérito de los impresionantes parajes por los que transcurrió el tortuoso rodaje de la cinta. Y no siempre. La cámara de Lubezki resulta más irritante que otras veces, o quizá me lo ha parecido a mí, que acabé cansado de tanta nieve y tanto árbol. Por no hablar de esos momentos místicos en los que Iñárritu se acerca al Malick más plomizo y santurrón.

Y llegamos al capítulo que más duele, al menos a mí, el interpretativo, Leo DiCaprio ha sido un chico que siempre ha gozado de mis simpatías. Aquí, se limita a sacar adelante su personaje, que la verdad no da para más. Bastante tiene con lo que tiene, con salvar el pellejo nada menos como para andarse con florituras y matizaciones. En este sentido, es mucho más meritoria la interpretación de su contrincante, un Tom Hardy que está inconmensurable. Él si construye un personaje, con pasado, presente y (desgraciadamente para él) futuro.

Al igual que el protagonista de su película, empiezo a ver a Iñárritu como un superviviente de su propio pasado. Le imagino caminando por la calle cual Michael Keaton con su particular Birdman detrás susurrándole al oído cuál es el siguiente paso que debe dar. Allá él si lo que pretende es seguir contando historias, o si por el contrario prefiere continuar mirándose el ombligo que, por lo que se ve, debe ser bastante hermoso. Él sabra.|✭✭✭✭✭✭✭✭✭✭|


 

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MASOQUISMO CON ÍNFULAS ARTÍSTICAS 

por Antonalva 

Alejandro González Iñárritu es un cineasta de raza cada vez más domesticado. Si antes utilizaba guiones rupturistas, ahora se contenta con simular ser un fogoso niño rebelde al que han regalado una lujosa cámara y pretende epatar con trabajosas imágenes nunca antes vistas, como si la novedad en sí misma fuera suficiente marchamo de calidad. Pero no hay nada más anticuado que querer ser moderno – vean lo mal que han envejecido las vanguardias de principios del siglo pasado – y resulta cansino tener que asistir a más de dos horas y media de rutilantes juegos visuales apenas sustentados por un tópico guión de supervivencia y venganza, tema tan querido por los deplorables yanquis a los que antes denostaba y ahora financian su cine.

El cine gore tiene cada vez mayor prevalencia más allá del género del terror. Ahorita lo adopta Inárritu como sedimento visual de su última cinta. Si quieren ver sangre, vísceras, matanzas y muertos vivientes pueden acercarse a las salas ‘serias’ y dejarse embadurnar por una cascada sanguinolenta que anega casi cada imagen de este relato repleto de oropel norteamericano: la lucha del hombre con la naturaleza, el uso de las armas como ley de vida, el lucro y la venganza como motor narrativo de una historia que hunde sus raíces en la tradición más rancia. Desconcierta ver este batiburrillo de añejas ideas presentadas como novedades, un relato académico envuelto en ropajes transgresores, pero que provoca alguna risita incrédula en los espectadores que no acaban de tragarse semejante acumulación de infortunios y truculencias.

Como película de aventuras cumple su cometido (sobre todo durante su portentoso arranque), como película de supervivencia carga en exceso las tintas y resulta inverosímil y repetitiva, sobrándole más de media hora de metraje (en su cansino tramo central), como película de venganza carece de brillo y reutiliza los más vulgares tópicos trasnochados, resultando artificial y adocenada (en su desenlace). También tiene algunos ramalazos de cine espiritual e indigenista que no acaban de estar bien ensamblados ni tienen más función que proporcionar cierto esteticismo snob y afectado, rompiendo así con el pretendido realismo desaforado del relato.

Me parece incomprensible la lluvia de premios y halagos que está cosechando esta correcta obrita. Si la hubiera dirigido y protagonizado John Wayne la tildarían de antigualla fascista, pero como viene firmada por un chicano de moda merece una atención desorbitada, producto del lustre tosco de sus imágenes y de unas interpretaciones desgañitadas y paródicas carentes de matices que impactan por su brutalidad masoquista. Proyecto ambicioso y de ‘prestigio’ que entretiene y extenúa por igual.|✭✭✭✭✭✭✭✭✭✭|


Título original The Revenant Año 2015 País Estados Unidos Director Alejandro González Iñárritu Guión Mark L. Smith, Alejandro González Iñárritu Reparto Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck, Paul Anderson, Kristoffer Joner, Joshua Burge, Duane Howard, Melaw Nakehk’o, Fabrice Adde, Arthur RedCloud, Christopher Rosamond, Robert Moloney, Lukas Haas, Brendan Fletcher, Tyson Wood, McCaleb Burnett

Sobre nosotros Ulher

En el cine hacer llorar en más fácil que hacer reír, o eso dicen. Sin embargo, cuento con los dedos de una mano las veces que una película me ha hecho inundar el salón. Una tarea complicada la de llegar al corazón. Wenders lo hizo en un peep-show y desde entonces estoy recuperándome. Más tarde llegó Tornatore y casi muero en el naufragio. Con Daldry aún estoy desatando el nudo que me provocó mientras no dejo de maravillarme con la grandeza de los viajes de Kubrick.Amante del cine desde que tengo uso de razón. Crecí con las marujas deslenguadas de Almodóvar. Mi psicólogo de cabecera responde al nombre de Aronofski y los domingos cierro las noches con Wilder.

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