Icónico: STEVEN SPIELBERG

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SPIELBERG, el niño eterno en busca de la admiración adulta.
por Pol Morales

Si existe un nombre que encaja a la perfección en los estándares de éxito y prestigio de la industria de Hollywood ese es sin duda el de Steven Spielberg. Innovador pero no rebelde, comercial pero no insultante, comprometido sin llegar a incómodo. Sigue siendo el niño bueno y aplicado que ha entendido a la perfección los recovecos del negocio, aplicando una cierta mirada de autor a un cine siempre a la búsqueda de todos los públicos. Quizá por eso, por ese término medio entre la independencia y la sumisión, se ha ganado la animadversión del espectador más exigente, el que aborrece a los realizadores que parecen perseguir ese dificilísimo entente entre la crítica y el público, como si tal hazaña estuviera al alcance de todos.

La fórmula Spielberg es única e inimitable. Ya son muchos los que han intentado seguir su camino y muy pocos los que han logrado hacerle sombra (el último de ellos, también con sus claroscuros, es su discípulo J.J. Abrams). Ninguno, sin embargo, ha alcanzado todavía esa combinación infalible entre un cine más abiertamente comercial, basado principalmente en la ciencia ficción, y un cine más serio y adulto, que ha encontrado en la historia en mayúsculas su mejor fuente para desempolvarse del lastre mercantil. Esta semana estrena El puente de los espías, otra historia real de la Guerra Fría en la que un abogado, al que encarna uno de sus actores fetiche, Tom Hanks, se ve involucrado en las negociaciones para la liberación de un piloto estadounidense capturado por la Unión Soviética.


Reventando la taquilla

Es la tercera película consecutiva del director basada en hechos históricos. Parece que al llamado rey Midas de Hollywood le ha entrado cierto complejo hacia su vertiente más juguetona, esa que hace las delicias del público familiar pero que no encaja en los parámetros elitistas de festivales y premios. El creador de grandes mitos de la historia del cine como Tiburón, Indiana Jones o Parque Jurásico es consciente de que una carrera al gusto de todos no se labra únicamente con franquicias millonarias. Quizá por ello ha tomado las riendas de sus proyectos más galardonables y delegado los productos más rentables a otras manos, a las que dirige desde su cada vez más importante papel como productor.

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El caso es que esta dicotomía entre dramas históricos y taquillazos, entre realidad y fuegos artificiales, no debería dividir al público en dos bandos enfrentados e irreconciliables. ¿Acaso es menos meritorio rescatar a los dinosaurios de la prehistoria y situarlos en un maravilloso parque temático que representar la lucha del presidente Lincoln por aprobar la enmienda contra la esclavitud? La capacidad de imaginación de Spielberg, de hacer de los sueños una realidad, lo convierten en la respuesta en carne y hueso a la factoría Disney. Nadie puede discutirle al director de origen judío su enorme contribución a la hora de elevar el entretenimiento a una categoría superior, capaz de ingeniar clásicos instantáneos que perdurarán para siempre en nuestro imaginario colectivo. E.T. es quizá el máximo exponente de ese cine comercial a priori naíf pero lo suficientemente inteligente como para hacerse un hueco importante en la historia del cine.

Pero detrás de esa huella aparentemente superficial, tras esa mirada eternamente infantil, Spielberg suele aprovechar para incrustar mensajes de denuncia de importante calado. La codicia devastadora del ser humano (Parque Jurásico) o la obsesión occidental por la política de prevención (Minority report) son algunas de las críticas que el director ha lanzado desde propuestas orientadas a grandes masas. Se unen a esa cierta inclinación por promulgar los valores tradicionales de la familia y que han servido de leña para sus acérrimos detractores.


La mirada más humana

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La gran denuncia, sin embargo, la que busca representar los horrores del pasado para impedir que se repitan, se la guarda Spielberg para los acontecimientos más aberrantes de la historia. La esclavitud (Amistad, El color púrpura), más recientemente la Guerra Fría (Munich, El puente de los espías) y, sobre todo, la Segunda Guerra Mundial, que se ha esforzado en recrear produciendo las miniseries Hermanos de sangre y The Pacific y dirigiendo los dos filmes que le han brindado el Oscar a la mejor dirección, Salvar al soldado Ryan y La lista de Schindler, son las tres obsesiones que tarde o temprano regresan a su filmografía para dotarla de esa ansiada trascendencia. Esta última, la más influyente exposición del genocidio alemán, es sin duda la obra maestra de Steven Spielberg, la cinta con la que todo director espera pasar a la eternidad.


El que mucho abarca poco aprieta …

Ni siquiera una figura con su enorme reconocimiento se libra, sin embargo, de pequeñas manchas en el expediente. Spielberg vivió una etapa de saturación a principios de 2000 que lo llevó a presentar película por año, ritmo tan sólo al alcance de Woody Allen. Fue la época de Atrápame si puedes y La terminal, dos comedias más propias de un director novel que de un peso pesado, y de Inteligencia artificial, Minority report y La guerra de los mundos, ambiciosos proyectos de ciencia ficción con grandes nombres detrás (Stanley Kubrick, Philip K. Dick), que partían de una interesante premisa, con una enorme factura, pero que fueron incapaces de rematar la faena para convertirse en clásicos del género.

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Cualquier traspiés de Spielberg, en cambio, es una simple anécdota en comparación con los vaivenes, en su mayoría deterioros, de otros grandes directores actuales. Algunos han terminado devorados por la técnica (Ridley Scott, a pesar de ese importante repunte que ha supuesto Marte). Otros han entrado en deriva ideológica (Clint Eastwood y sus fervores patrióticos). Algunos son víctimas de sí mismos (Tim Burton). Otros siguen viviendo, y muy bien, de glorias pasadas (James Cameron). Sólo el director de Cincinnati logra mantener su actividad con notable solvencia y generar expectación con cada nuevo proyecto sin renunciar a sus dos principales consignas: compromiso y entretenimiento. Dos conceptos contrapuestos que él ha conseguido converger.


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TOP DEL AUTOR 

5. EN BUSCA DEL ARCA PERDIDA (1981)

4. TIBURÓN (1975)

3. E.T., EL EXTRATERRESTRE (1982)

2. PARQUE JURÁSICO (1993)

1. LA LISTA DE SCHINDLER (1993)

Sobre nosotros @pomovi

Periodista con una seria adicción al cine y las series de TV

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