EL GRAN HOTEL BUDAPEST / El hotel con las mejores vistas de la antigua Europa

“Un destello de la civilización en el matadero barbárico que conocemos como humanidad”

Esta es la primera crítica que escribo para NSUC, y no podría haber elegido una película mejor para iniciarme, pues la última obra de Wes Anderson es una de las mejores películas que he visto del cine actual. No hay duda que se trata de uno de los autores más originales y personales del cine contemporáneo estadounidense (y mundial), y obra tras obra ha ido perfeccionando su propio estilo hasta llegar al trabajo que aquí nos ocupa. Parecía que con Moonrise Kingdom había alcanzado su cima artística, pero el gran éxito de la misma le permitió embarcarse en su proyecto más ambicioso hasta la fecha, consiguiendo al mismo tiempo su cinta más redonda.

Técnicamente es inmejorable, los planos donde se resalta la importancia de lo que se encuentra en el centro del mismo y los escenarios recargados y nostálgicos, imprescindibles en el universo de Wes Anderson, son recurrentes durante todo el metraje de El Gran Hotel Budapest. Pero en esta ocasión cada encuadre está milimétricamente calculado, y la riqueza de absolutamente todos los planos es altísima, convirtiendo el visionado en una autentica delicia visual; y auditiva, porque la banda sonora está muy lograda, y no sólo encaja con la imagen, sino que la refuerza.

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Como en todas las obras de su autor, en esta tiene tanta o más importancia cómo se muestra la acción que la propia acción en sí misma. Pero despreciar la propuesta visual de El Gran Hotel Budapest alegando que es “más de lo mismo” es, además de una visión simplista, algo realmente injusto, ya que no sólo no es fácilmente diferenciable de cualquier película suya anterior, sino que no resulta absolutamente nada lineal durante todo su metraje. Y no me refiero únicamente al formato de pantalla, que cambia según la época en la que transcurre la acción, sino que la ambientación varía constantemente durante diferentes tramos de la historia: el recargado y lujoso hotel en su época dorada, el mismo hotel viejo y decadentista décadas más tardes, escenarios exteriores formados por maquetas imposibles que evocan a George Mélies, escenas de suspense al más puro estilo ‘noir’ y otras de aventuras a la antigua usanza. Se trata de un viaje trepidante por la vieja Europa, en la que no se nos da ni tregua ni descanso debido al ritmo frenético, que en ningún momento resulta cargante debido a la variedad de situaciones a las que se enfrentan los personajes protagonistas.

En el reparto sobresalen el dos veces nominado al oscar Ralph Fiennes, desbordante de labia y carisma en un papel en el que se le ve muy cómodo; y el debutante Tony Revolori, que funciona como contrapunto perfecto del primero, discreto y observador con más de un guiño a pioneros del cine de humor como Buster Keaton. Lo que concierne a los secundarios, la lista está repleta de caras conocidas (muchas vistas anteriormente en el universo de Wes Anderson), pero la mayoría se quedan en simples cameos, ya que sólo aparecen en un par de escenas que saben a poco. Pero yo destacaría los de Edward Norton, en un personaje que se mira cara a cara con el que interpretó en Moonrise Kingdom; Adrien Brody, como malvado y avaricioso heredero; y sobretodo, William Dafoe, como el despiadado y siniestro matón del anterior.

Si en Moonrise Kingdom, el director nos mostraba el retrato de visión en miniatura de los Estados Unidos formada por niños problemáticos y enamoradizos, matrimonios frustrados y policías locales con poca cabeza pero buen corazón, aquí nos muestra una visión melancólica y romántica de una Europa nostálgica, recargada y contradictoria, sabedora de su inminente desaparición. Los sucesos políticos y sociales de la época hacen mella en los sucesos, especialmente el auge fascista. Y la guerra, y la tragedia que conlleva, no aparecen en ningún momento, pero siempre están presentes. Un viaje perfecto para el que quiera contemplar una época y una forma de ver la vida diferente, visto desde una perspectiva personal y única. Todos los que hayan disfrutado con los anteriores trabajos de Wes Anderson (especialmente la inmediatamente anterior), ya están tardando en visitar este singular hotel. Y si no es así, les aconsejo que le den una oportunidad y alquilen de igual manera un asiento en el Gran Hotel Budapest, preparándose para disfrutar de las increíbles vistas que se le ofrecerán en este único e irrepetible viaje.

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Lo mejor: La inmensa riqueza visual de este viaje sin paradas.
Lo peor: Si se te atraganta el “Universo Wes Anderson”, puede que la visión de esta película se te haga directamente insufrible.

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