LA GRAN BELLEZA / Italian Beauty

“La nostalgia es la única distracción posible para quien no cree en el futuro”

¿Alguna vez te has parado a pensar en todo aquello que estás perdiendo por el simple hecho de pertenecer a una sociedad que no mira atrás ni para coger impulso? Trabajamos concienzudamente en buscar lo que nos hace sentir bien. La inspiración que nutre nuestros deseos. Pero ponemos demasiado empeño en ello y obviamos el ahora. Nadamos en una corriente que impide alcanzar la meta porque de eso se trata. Una vez alcanzado el logro, éste de disipa por arte de magia y arranca una nueva pantalla. Queramos o no, estamos sometidos a esa sociedad que juega con nosotros sin delicadeza y de poco sirve la nostalgia pues las modas imperantes despejan cualquier acercamiento a la melancolía y ahí es donde camuflamos nuestra verdad. Lo artificial, el cinismo y la hipocresía en un aquelarre que no deja ver la luz al verdadero yo.

La gran belleza lleva a cuestas todo este pesimismo. Alberga el aroma de la derrota, de la corteza del tiempo y sin embargo uno no deja de maravillarse ante semejante ejercicio artístico. Porque la magia del cine no sólo radica en trasladarnos a universos lejanos. Sirve también como doctrina y cuando toca los palos que zarandean la conciencia del individuo, el golpe se hace más duro. A lo largo de sus poderosas dos horas y media de metraje, el filme invita a la reflexión de lo que somos, fuimos y nos queda por ser, hurgando en la herida de nuestros miedos. Una ceremonia en la que la soledad y la cuenta atrás lucen en el frontal de un altar en el que Sorrentino despliega con lucidez una feroz crítica a la impostura del arte contemporáneo y a las capas de maquillaje que cubren el vacío. Contundente análisis de la sociedad ferviente en la ciudad eterna que aquí se exhibe más bella que nunca aún reflejando la decadencia en su mayor esplendor.

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Jep Gambardella, un novelista de antaño, forma parte del circo de esa nueva aristocracia. Ha escondido sus sueños de juventud en los saraos nocturnos, incapaz de encontrar la belleza que siendo un muchacho distinguió en un acantilado y que le sirvió como fuente de inspiración. Ahora no es más que un sesentón forrado dispuesto a tirarse a cualquier cincuentona con media neurona y a pasar sus últimos días rodeado del fariseísmo imperante de las nuevas masas. Una vacuidad que contamina su talento. Con él vamos tanteando la belleza en sus diversas formas, adentrándonos en las empedradas callejuelas de una Roma que se niega a marchitar, para descubrir, a través de diversos personajes con los que no es difícil empatizar, su cara verdadera, sus crisis, su talento, y su verdad. Una realidad consciente en este cínico don nadie al que da vida un estupendo Toni Servillo.

Es evidente que en La gran belleza resuenan los ecos de Fellini y no se esfuerza en disimularlo. La superficialidad actualizada de las altas esferas de entonces son objeto del látigo de Sorrentino. También la filosofía sobre el existencialismo propio de Bergman y los encuadres de Visconti o Kubrick. Sin embargo, con todo ello el filme del napolitano tiene el carácter y personalidad suficientes para encumbrar a La gran belleza a ser uno de los estrenos más potentes del año. Su hipnótica fotografía sobre la que se cuentan escasos pestañeos, su excesivo guión en forma de dardo del que no escapa la religión de ayer  ni la Italia berlusconiana de hoy, sus contrastes musicales en cuestión de minutos y sus magistrales interpretaciones dirigidas por un maestro de ceremonias en su mayor esplendor, consiguen que suframos de Síndrome de Stendhal como el turista estupefacto que destapa esta joya.

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Para aquellos que entiendan el cine como una lección de vida.

Lo mejor:  su invitación a la fiesta de la reflexión.

Lo peor: que sus excesos puedan despistar hasta el punto de tropezar y no ver más allá.

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Sobre nosotros Ulher

En el cine hacer llorar en más fácil que hacer reír, o eso dicen. Sin embargo, cuento con los dedos de una mano las veces que una película me ha hecho inundar el salón. Una tarea complicada la de llegar al corazón. Wenders lo hizo en un peep-show y desde entonces estoy recuperándome. Más tarde llegó Tornatore y casi muero en el naufragio. Con Daldry aún estoy desatando el nudo que me provocó mientras no dejo de maravillarme con la grandeza de los viajes de Kubrick.Amante del cine desde que tengo uso de razón. Crecí con las marujas deslenguadas de Almodóvar. Mi psicólogo de cabecera responde al nombre de Aronofski y los domingos cierro las noches con Wilder.

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