Especial Cannes: LA VIDA DE ADÈLE / AMOUR

“Tengo la impresión de fingir, de aparentar en todo. Me falta algo”

Definir el amor a estas alturas puede ser lo más sencillo del mundo y a su vez una tarea en la que emplear esfuerzo. Pocos estarían dispuestos a renunciar a él aunque se trate de un arma de doble filo. Más bien nadie en su sano juicio. Porque ya sabemos que no todo dura una vida y aún así esa necesidad imperante de ser objeto para transformarnos en sujetos se palpa día a día. De ahí que La vida de Adèle emane un poder que roza el hipnotismo sin artificios que la ensalcen. Todo en esta película huele a verdad. Esa verdad que nos hace madurar. Esa que duele y se agradece. Esa que, en definitiva, nos hace humanos. Puede hacer daño o incomodar porque no estamos acostumbrados a consumir un cine tan cercano, tan a flor de piel y, sin embargo, lejos de disgustar, nadamos mar adentro sin importarnos la dirección que tome la marea.

Estamos ante una historia universal. Ese instante donde no hay duelo para el adiós de la adolescencia porque no somos conscientes de dejarla atrás. El descubrimiento del primer amor. Para muchos el amor de su vida o el que le marcará como personas. Actos que no atienden al raciocinio y conforman los cimientos de nuestros comportamientos adultos. Esto es lo que le ocurre a Adèle (Adèle Exarchopoulos), una joven que se encuentra en el dilema de definirse sexualmente dentro de una sociedad marcada por la apariencia progresista y con un recalcado espíritu conservador. Ahí la película, en una crítica fehaciente sobre la falsa moral, podía haber agotado algunos cartuchos y sin embargo, tras una pincelada, cambia el rumbo. Se sabe elegante y lo demuestra en cada escena. Pocas veces hemos apreciado en pantalla con tanta delicadeza el desespero de alguien luchando contra su propia naturaleza, la agonía de aceptarse y la posterior convivencia consigo mismo.

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Kechiche plasma en cada plano los distintos peajes que pagamos en ese viaje de aprendizaje de una manera exquisita. Detalles que no pasan desapercibidos. Miradas, gestos, palabras que se quedan grabadas a fuego y van engrandeciendo el sentido de una película llamada a convertirse en referente una vez que ponemos el centrifugado en todo aquello que durante tres horas, y saben a poco, hemos disfrutado. El cineasta de origen tunecino hilvana la cotidianidad hasta conseguir la emotividad. Por eso, encontramos belleza en una adolescente de mirada perdida mientras come spaguetti, cuando se atusa la melena o lo que dura en agotarse la colilla en sus labios. Nada de todo esto se percibe impuesto sino que sirve de complemento a una narración sin titubeos destinada a vivir literalmente la existencia de sus personajes.

Kechiche se acerca demasiado a sus personajes con el claro objetivo de intimidar con ellos. Un recurso evidente para ensalzar la confidencialidad que éstos necesitan con el espectador. Sus planos detalle se hacen imprescindibles desde el mismo instante que nos hemos zambullido en la existencia de Adèle. Sabemos lo que siente en cada momento, sus inquietudes y sus miedos pero también conocemos su cuerpo. El director logra a través de un lenguaje visual que queramos ser amigos, amantes o familiares de sus personajes. En contadas ocasiones se alcanza tal nivel de empatía y no sólo con Adèle. Emma (Léa Seydoux), la antítesis de Adèle. El complemento perfecto. La experiencia de vivir. En ella volcamos nuestro presente. Es ella quien coge el espejo de la realidad y obliga a mirarte. No existen rosas sin espinas y con Emma lo hemos ratificado.

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La vida de Adèle es extremadamente sensorial. Es un ejercicio cinematográfico que se vive en carne propia y que sin ella, es muy posible que no hubiera existido. Adèle Exarchopoulos no interpreta, vive cada frase, cada gesto. En su mirada sentimos la pasión, el temor, la vergüenza, la resignación, la inocencia, en nuestro cuerpo. Un trabajo al que se ha expuesto con la maestría de los más grandes superando en matices a cualquier actriz consolidada. La actriz se mimetiza en el personaje dotando al mismo de una credibilidad inusitada ultimamente por la gran pantalla. Todo un logro.

Tras pasar tres horas con Adèle y Emma y varios días madurando el metraje, es más fácil acercarse a su definición. ¿Qué es, por tanto, el amor? Puede que sea la inocencia de esa muchacha de clase media que cada día sube al bus con el pelo enredado. Puede que sea un paso de cebra deteniendo el tiempo. Puede que sean dos animales buscando el placer sobre sábanas enmarañadas. O más bien, puede que sea una cena entre amigos que adoran a Klimt o se desviven entre páginas de Sartre. Puede, y de hecho son, todas y cada una de las escenas que conforman esta poderosa película y a las que el tiempo no podrá marchitar manteniéndolas siempre vivas.

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Para quien permita un zarpazo de honestidad en el corazón.

Lo mejor: Adèle Exarchopoulos.

Lo peor: Nada.

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Crítica de Ulher

Título original La vie d’Adèle – Chapitre 1 & 2 Año 2013 País Francia Director Abdellatif Kechiche Guión Abdellatif Kechiche, Ghalya Lacroix Reparto Adèle Exarchopoulos, Léa Seydoux, Salim Kechiouche, Mona Walravens, Jeremie Laheurte, Alma Jodorowsky, Aurélien Recoing

Sobre nosotros Ulher

En el cine hacer llorar en más fácil que hacer reír, o eso dicen. Sin embargo, cuento con los dedos de una mano las veces que una película me ha hecho inundar el salón. Una tarea complicada la de llegar al corazón. Wenders lo hizo en un peep-show y desde entonces estoy recuperándome. Más tarde llegó Tornatore y casi muero en el naufragio. Con Daldry aún estoy desatando el nudo que me provocó mientras no dejo de maravillarme con la grandeza de los viajes de Kubrick.Amante del cine desde que tengo uso de razón. Crecí con las marujas deslenguadas de Almodóvar. Mi psicólogo de cabecera responde al nombre de Aronofski y los domingos cierro las noches con Wilder.

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