LA VIDA ÍNTIMA DE JULIA NORRIS / Hoy quiero confesar

Películas que vaya usted a saber porqué cayeron de repente un día en el ostracismo más absoluto, títulos a reivindicar, obras menores de la filmografía de un autor que serían mayores en la de otro o que pasaron hace no mucho sin pena ni gloria por la cartelera y tal vez mejoraran con un segundo repaso… El baúl de los olvidos está repleto de alguno de esos pequeños tesoros esperando a que alguien los encuentre y les ponga en el lugar que merecen. En esta sección nos proponemos hacerlo.

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De Mitchell Leisen suele decirse tradicionalmente que es uno de los cineastas más infravalorados de la edad dorada de Hollywood. De la misma generación que los Wilder, Lubitsch o Sturgess- con los tres llegaría a colaborar al menos una vez durante su carrera- su nombre no es tan conocido para el gran público como el de los citados, ni su obra goza de la repercusión que alcanzó la de éstos. Resulta sorprendente por ejemplo que una película como To each his own (traducida en España como La vida íntima de Julia Norris) no haya llegado hasta nuestros días convertida en una de las cumbres del melodrama clásico;  pues si bien se trata de un film apreciado por algunos sectores cinéfilos, es verdad que para otros puede resultar casi inédito. En cualquier caso tampoco estamos hablando de una referencia dentro del género.

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Esta apreciación sorprende todavía más incluso tras comprobar que gracias a su trabajo en esta película, su protagonista, la mítica Olivia de Havilland, conseguía llevarse a casa el primer Oscar de su carrera (el segundo lo lograría tres años más tarde por su interpretación en La heredera de William Wyler, otro clásico, éste sí, mucho más reconocido).  La actriz borda un papel que parece expresamente escrito para ella y que habían rechazado previamente Ginger Rogers e Ingrid Bergman. No era  la primera vez que De Havilland se ponía a las órdenes  de Leisen: ya lo había hecho en Si no amaneciera (1941) una obra coescrita nada menos que por la pareja  formada por Billy Wilder y Charles Brackett en uno de sus primeros trabajos,  y que también supuso una de las primeras incursiones del autor de Medianoche en el terreno del melodrama después de una primera etapa dedicado por entero a la comedia.

Narrada a partir de flasbackhs que ocupan buena parte del metraje, la acción de To each is own – no volveremos a utilizar el desafortunado título castellano pues ni siquiera su protagonista se llama Julia, un premio para el traductor – arranca recién terminada la I Guerra Mundial en un  pequeño pueblecito de los Estados Unidos llamado Pearson Falls. La bella y popular Jody Norris, hija del propietario del drugstore de la localidad inicia un romance con Bart, un apuesto militar que llega al pueblo con el objeto de vender bonos de guerra entre los vecinos.  Todo parece ir bien en la vida de nuestra protagonista hasta que, como suelen marcar los cánones del género, un acontecimiento inesperado marca su destino de forma trágica haciéndola renunciar a todo aquello que más quiere .  Años más tarde, durante una fría Nochevieja en un Londres derruido por otra guerra, sale por fin a la luz la confesión de una vida llena de sufrimiento y sacrificio.

El ataque contra los prejuicios sociales y las convenciones suele ser un argumento recurrente en el género durante esta época. En el caso de esta película el humor es un recurso, que administrado en convenientes dosis, ayuda a cargar contra ellos . Se toca también el tema de la maternidad que Leisen volverá a tratar en Mentira latente (1950), otra joya también bastante desconocida del cineasta.

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Y es esa maternidad frustrada o condenada la que desencadena finalmente el drama, la que nos permite ser testigos de esa historia de amor, materno-filial en este caso, que perdura a través del tiempo pese a no llegar nunca a consumarse como en otras tantas joyas del género.  Es curioso como la hstoria de Julia Norris nos recuerda tanto a esa otra que se nos contaba en Carta a una desconocida, la obra maestra de Ophüls  en la que aparecía Joan Fontaine, la “queridísima” hermana de la protagonista de nuestra película.

Charles Brackett, uno de los autores del libreto de Si no amaneciera es el artífice de la historia del fim, siendo Jacques Théry y Dodie Smith  los encargados de redactar su guión. Mérito de unos y otros es dotar de sutileza y emoción una historia que bordea constantemente los límites de lo inverosímil y lo folletinesco.  A  Leisen le corresponde la tarea de contener el texto hasta llevarlo a un desenlace mágico y memorable (la frase final está a la altura del “Ya lo pensaré mañana”, “el principio de una gran amistad” y otras por el estilo)

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