EN TIERRA HOSTIL / Las tortugas de Bigelow también vuelan

Bastan sólo cinco minutos de metraje para confirmar que a Kathryn Bigelow no le ha temblado el pulso a la hora de filmar una cinta donde predomina el riesgo ante todo. Rodada con cámara en mano, la directora ha logrado expresar a través de excelentes fotogramas la adicción a algo tan aberrante como la guerra.

The Hurt Locker nos brinda la oportunidad de conocer los pensamientos de un grupo de especialista en desactivación de explosivos dentro de un ambiente hostil aunque no indaga en todos los recovecos de esas mentes. Y ahí radica el fallo del filme. Apenas nos dan a conocer a los personajes, sólo sus acciones vislumbran un guión demasiado monótono para desembocar en unos cinco minutos finales tan explicativos como innecesarios.

Bigelow ha conseguido presentar un trabajo bélico o antibélico, como quiera verse, sin etiquetar a nadie. No juzga la adicción a la guerra. La labor primordial de la directora es limitarse a exponerla.

La historia, aunque sencilla, logra captar la tensión en cada escena donde la vida de los personajes pende de un hilo. En esas escenas que a falta de música, donde predominan los silencios, el espectador no deje de pensar:¡hostias!. Todo ello se consigue al no ser un film bélico al uso y esa es la característica a resaltar. Un producto diferente con una técnica brillante y unas interpretaciones que no desmerecen a pesar de quedarnos con más ganas de Fiennes y Pearce.

Mucho se ha especulado, por parte de la crítica, que The Hurt Locker puede ser la vencedora en los próximos Oscar. No es por quitar méritos a la cinta de Bigelow, pero creo que todo se debe más bien a una estrategia de marketing para explotar el morbo de competir con su ex-marido, James Cameron.

thehurtlocker

Lo mejor: la tensión de los primeros veinte minutos.
Lo peor: su sobrevalorada campaña haciendo que el espectador no llegue a alcanzar sus expectativas.

Sobre nosotros Ulher

En el cine hacer llorar en más fácil que hacer reír, o eso dicen. Sin embargo, cuento con los dedos de una mano las veces que una película me ha hecho inundar el salón. Una tarea complicada la de llegar al corazón. Wenders lo hizo en un peep-show y desde entonces estoy recuperándome. Más tarde llegó Tornatore y casi muero en el naufragio. Con Daldry aún estoy desatando el nudo que me provocó mientras no dejo de maravillarme con la grandeza de los viajes de Kubrick.Amante del cine desde que tengo uso de razón. Crecí con las marujas deslenguadas de Almodóvar. Mi psicólogo de cabecera responde al nombre de Aronofski y los domingos cierro las noches con Wilder.

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