LA HIJA DE RYAN

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UNA EPOPEYA INTIMISTA: LA ETERNA ROMÁNTICA Y SU CEGUERA

por Antonalva

El punto de partida es una adaptación de Madame Bovary realizada por Robert Bolt, pero David Lean se impuso hacer suya la historia, cambiando tanto la época como el contexto histórico, convirtiéndola en un relato de amor, adulterio, traición y redención con el telón de fondo de la lucha por la independencia de Irlanda en la retaguardia de la I Guerra Mundial. La trama resultante es sencilla: una jovencita alocada, inquieta y soñadora, no contenta con casarse con su idealizado maestro del pueblo, acaba viviendo una tórrida pasión sexual con un militar británico – que representa a las ‘fuerzas de ocupación’ – en un costero y bucólico villorrio periférico de Irlanda, escindido entre la Gran Guerra y una insurgencia auspiciada por la iglesia y otras fuerzas vivas de la comarca.

“¿Y cuándo no he sido atento contigo?”

Hay muchas películas en esta película y casi todas ellas invocan, equivocadamente, la historia de un fracaso. Lo que quizás – para evitar malos entendidos y la obcecación de una crítica más interesada en lo anecdótico que en lo esencial – debió de nacer como una modesta historia de cine independiente, tuvo la desgracia de ser concebida, elaborada y estrenada como una onerosa superproducción británica (que no hollywoodiense, otro de los malentendidos que la han lastrado). Y se la ha prejuzgado en función del dinero que costó y no en función de sus innumerables méritos artísticos.

Baste enumerar dos escenas para ilustrar el obsesivo perfeccionismo y la memorable creatividad de David Lean: la indómita secuencia de la pavorosa tormenta – rodada en acantilados reales, durante una verdadera e infernal tempestad – obteniéndose un efecto vívido e impactante, aún hoy no igualado ni superado. Y muy especialmente, por su refinado virtuosismo e indeleble abandono del realismo más rancio, obtuso y obsoleto: la consumación culposa, en mitad del bosque, del amor entre la adúltera esposa y su atormentado amante. Es la muestra de que el denostado clasicismo con que se etiqueta acremente al director no deja apreciar y saborear su subversiva inventiva vanguardista, donde las potentes imágenes oníricas y surrealistas suspenden todo vínculo con la realidad – creando así un equivalente visual a la desbocada y enajenante experiencia sensorial de sus protagonistas.

El papel más laborioso de cubrir fue el del maestro de escuela – necesario contrapunto flemático a las locuras de la protagonista. Lo rechazaron Gregory Peck, Paul Scofiled y George C. Scott y al final el elegido fue Robert Mitchum. Y si bien la relación entre la estrella americana y el director británico fue pésima – teniendo que mediar entre ellos la coprotagonista, Sarah Miles – el resultado obtenido es memorable y muy satisfactorio. Su mirada doliente y rendida ilumina todo el metraje y confiere una serena gravedad difícil de igualar.

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La hija de Ryan es una radical loa a la libertad e independencia personal más allá de todo convencionalismo. Ella se atreve a hacer lo que nadie en el pueblo se ha permitido soñar: vencer la rutina e insatisfacción sexual a través de una loca aventura extramarital. El pueblo envidioso – caterva de tarados e hipócritas – convierte al único espíritu libre que habita entre ellos en humillado objeto de su escarnio y vilipendio. Es en este mensaje reivindicativo de la libertad de la mujer que la cinta demuestra su total modernidad moral y estética, sin sermones ni discursos, con la sola vehemencia arrolladora de sus imágenes.|✭✭✭✭✭✭✭✭✭✭|

Lo mejor: El clasicismo invisible de David Lean y la suntuosa y sensual fotografía

Lo peor: No aceptar que una superproducción pueda ser una obra maestra.

Título original Ryan’s Daughter Año 1970 País Reino Unido Director David Lean Guión Robert Bolt Reparto Sarah Miles, Robert Mitchum, Christopher Jones, Trevor Howard, John Mills, Leo McKern, Barry Foster, Marie Kean, Arthur O’Sullivan, Gerald Sim.

Sobre nosotros Antonalva

La primer película que vi en el cine fue 101 Dálmatas (1961) en alguna de sus muchas reposiciones (Cruella De Vil me persiguió y obsesionó durante lustros). Muchos años más tarde desperté al gran cine deslumbrado por Psicosis y Vértigo de Alfred Hitchcock y mi devoción cinéfila se confirmó al degustar las virtudes de Douglas Sirk, David Lean, Yasujirô Ozu o Max Ophüls. Apasionado del cine oriental, de Hollywood y de las cinematografías periféricas, de gustos sibaritas y omnímodos.

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