Especial Cannes: TAXI DRIVER / En las cloacas de la soledad

” Algún día llegará una verdadera lluvia que limpiará las calles de esta escoria”

Volver a casa no es fácil. Menos aún cuando una guerra ha sido el plato que nos han servido durante un prolongado tiempo. De esa digestión bajo el cegador neón de Nueva York se encarga Martin Scorsese en esta controvertida cinta situada en la cima de su obra. Bautizada como cine de culto o clásico moderno, Taxi Driver compone un retrato fiel de las alteraciones de la psique humana cuando se ha visto expuesta a situaciones críticas. Una sacudida mordaz a esos Estados Unidos post Vietnam cuyos sueños se han desvanecido. Ese país que camina sin rumbo, dónde sólo importa saciar los bajos instintos. Así es como el espectador decepcionado se enfrenta a la ciudad desde las ventanas del taxi conducido por Travis – Incombustible Robert DeNiro mimetizándose en su personaje -. Ese voyeaur que no aparta la mirada de las calles plagadas de delincuencia ni del retrovisor que proyecta la perdida mirada de su chofer.

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Taxi Driver es una película que posee magnetismo desde sus primeros pasos. Scorsese embauca en este estilizado trabajo en el que expone un lenguaje cinematográfico exquisito partiendo de una presentación elegante a golpe de saxo y una fotografía digna de cualquier galardón para continuar desarrollando el texto en una ambientación tóxica. Acertados recursos para una narración lineal que requiere de la voluntad de un espectador paciente. Alguien con disposición a dejarse perder por las oscuras calles neoyorquinas en las que el tiempo no se detiene. Alguien que no ocupe el asiento trasero de este taxi para echar una cabezada o ensuciarlo con flujos corporales. Alguien, en definitiva, que pague el billete de un trayecto dónde la moralidad se haya visto mareada. Precisamente ahí es dónde la película gana enteros. La lectura de los posos se hace necesaria. ¿Qué nos queda cuando lo hemos perdido todo para con nosotros y con los demás? Scorsese deja la última página en blanco.

Técnicamente, Taxi Driver compone un fresco inmejorable. La libertad en los movimientos de cámara son evidentes mientras que en el uso de la luz Scorsese se maneja como pez en el agua. En escasos encuadres logra impregnarnos la claustrofobia de una ciudad que expira el olor a sudor, sangre, semen y alcohol. El uso de la voz en off nunca estuvo más justificado y mejor agradecido. Los renglones de los diarios de Travis toman forma en unas imágenes expresionistas que marcarían un antes y un después en la filmografía de su director.

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Aún resuenan en mi mente los ecos de esa melodía que acompañan los pasos de Travis por la ciudad que nunca duerme. Las partituras de un jazz que presagian la locura – o cordura, según se mire – de un taxista con un pasado bélico sirven como el engranaje perfecto de historia áspera, retorcida y en todo momento, alarmante. La sugerente pieza de Bernand Herrmann es el paradigma de la música dentro del cine. No sólo funciona como recurso ambiental sino que se convierte desde sus primeras notas, en una protagonista más. Una figura omnipresente que estructura el filme. Es la melodía la que lleva la batuta marcando las transiciones en la narración.

Pero más allá de los clavados reflejos de las luces sobre el asfalto o la desolación que produce ese jazz, el filme invita al debate sobre si el fin justifica los medios zarandeando la conciencia humana. Todo aquel que haya acompañado a Travis por las calles de Nueva York y por los recovecos de su mente no saldrá indemne tras un visionado que se antoja necesario cada cierto tiempo. Una obra con múltiples lecturas que requiere del bagaje del espectador.

Lo mejor: el sabor a hiel que deja su visionado, su cuidada dirección y un DeNiro icónico.

Lo peor: cuesta entrar en una historia dominada por el desamparo y la vacuidad.

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Crítica de Ulher

Título original Taxi driver Año 1976 País Estados Unidos Director Martin Scorsese Guión Paul Schrader Reparto Robert De Niro, Cybill Shepherd, Jodie Foster, Albert Brooks, Harvey Keitel, Peter Boyle, Leonard Harris.

Sobre nosotros Ulher

En el cine hacer llorar en más fácil que hacer reír, o eso dicen. Sin embargo, cuento con los dedos de una mano las veces que una película me ha hecho inundar el salón. Una tarea complicada la de llegar al corazón. Wenders lo hizo en un peep-show y desde entonces estoy recuperándome. Más tarde llegó Tornatore y casi muero en el naufragio. Con Daldry aún estoy desatando el nudo que me provocó mientras no dejo de maravillarme con la grandeza de los viajes de Kubrick.Amante del cine desde que tengo uso de razón. Crecí con las marujas deslenguadas de Almodóvar. Mi psicólogo de cabecera responde al nombre de Aronofski y los domingos cierro las noches con Wilder.

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