THE MASTER / La bala bumerán

“¿Crees que Dios te salvará de lo ridículo que eres?”

En 1978 Cimino firmó un retrato incontestable sobre el poso de la guerra en la psique humana. En él, DeNiro regresa al lado de los suyos convertido en otro ser. Responde a su nombre pero no a su persona. Freddie Quell (soberbio Phoenix) bien podría haber sido la misma persona de la citada El Cazador. Un marine combatiente en la segunda guerra mundial, traumado, alcoholizado, la sombra del triunfo. Es el paradigma del regreso de la guerra. Un desecho dispuesto a formar parte de la sociedad que le robaron. Quell es el abanderamiento de toda una nación posguerra, tocada y herida no sólo en su orgullo sino en su apariencia. Phoenix encarna a esa llaga sin curar de un país tan arrogante como ingenuo que se agarra a un clavo ardiendo. Ese salvamento que flota en el mar de la ignorancia lo compone el personaje de un Seymour Hoffman de escándalo. Lancaster Dodd, es un supuesto profeta que se sustenta en los traumas ajenos. Codicioso hasta el extremo. Monarca en un reino de ciegos.

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The master se balancea constantemente entre el experimento y la cátedra. Un binomio interesante aunque se pierde entre tanta intención. Es un film que requiere, no sólo la predisposición del espectador para dejarse llevar sino un verdadero esfuerzo de asimilación. Un esfuerzo que por agotador que pueda llegar a ser, es preciso para su total comprensión. P.T. Anderson, al igual que Dodd  se dedica a hipnotizar a su público. A través de exquisitos planos y una fotografía que embriaga vamos siendo partícipes en ese juego de dualidades donde expone fieramente las relaciones de dependencia de una sociedad hambrienta de optimismo por un lado, mientras que por el otro nos concede la batuta para orquestar el decaimiento del ente supremo. Nos otorga el placer de contemplar un baile de máscaras en el que predomina la dificultad de los pasos.

Como ya ocurriera en la reciente Pozos de ambición (2007), P.T. Anderson otorga unos minutos de su metraje a escarbar en nuestro inconsciente de forma segura hasta rozar la incomodidad con secuencias sumamente potentes en el que el texto es fundamental. Mordaz, ácido. En aquella constituía el final de la obra maestra que es, con un Day-Lewis inconmensurable en la bolera. Aquí también hay cabida para secuencias de esta índole. El tour de force interpretativo entre Phoenix y Hoffman en un continuo plano – contraplano sin parpadear, forma desde ya una escena para el recuerdo.

El clasicismo imperante de las obras de P.T Anderson se va descubriendo con el tiempo. The Master, es tal vez su obra más compleja y por ello debe macerar. Aún es pronto para valorarla como merece. El mismo tiempo dirá si perdura o no.

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Lo mejor: Phoenix en la más contundente interpretación de su carrera.
Lo peor: desaprovechar a una actriz como Amy Adams. Vender la cinta como una crítica a la cienciología. Quedarse con la sensación de que pudo ser mucho más de lo que es.

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Sobre nosotros Ulher

En el cine hacer llorar en más fácil que hacer reír, o eso dicen. Sin embargo, cuento con los dedos de una mano las veces que una película me ha hecho inundar el salón. Una tarea complicada la de llegar al corazón. Wenders lo hizo en un peep-show y desde entonces estoy recuperándome. Más tarde llegó Tornatore y casi muero en el naufragio. Con Daldry aún estoy desatando el nudo que me provocó mientras no dejo de maravillarme con la grandeza de los viajes de Kubrick.Amante del cine desde que tengo uso de razón. Crecí con las marujas deslenguadas de Almodóvar. Mi psicólogo de cabecera responde al nombre de Aronofski y los domingos cierro las noches con Wilder.

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